lunes, 6 de julio de 2009

Sólo un diablo cachondo y normal



- Mira, por ejemplo, la película “Las brujas de Eastwick”. Al final, cuando ya todo está solucionado y viven felices en el palacio del demonio al que interpreta Jack Nickolson, lo echan de menos. Echan de menos su personalidad tan marcada, su forma de ser. No deja de resultar curioso ese poder. Más que por el amor generado, la fuerza de una personalidad parece probarse por el vacío que deja cuando se va, o sea, por el dolor que provoca su ausencia, a pesar de la nefasta influencia que su amistad pudiera ejercer sobre la gente. Casi podría inventarme este lema: “tu peso humano se mide por el dolor que has provocado a los demás al marcharte”, ¿qué te parece?
- Que eres un imbécil; o sea, que eres otro de esos que se sienten fascinados por el carácter prohibido del mal, más que por el mal mismo, que no eres capaz de asumir ni de lejos. Te crees original y sofisticado por soltar esas gilipolleces, pero no eres más que un niño que quiere llamar la atención rompiendo platos.
- Bueno, sólo estaba divagando en voz alta.
- Ya, claro. Seguramente necesitas confirmar tu valor entre la gente mediante el abandono y posterior observación del vacío dejado a las personas abandonadas pero, ¿de qué te sirve averiguar el calado del afecto de los demás hacia tí cuando tu forma de averiguarlo no te permite disfrutarlo cuando se comprueba que existe? ¿No sería mejor atreverte a aceptarlo tal cual y arriesgarte, de esa manera, a comprobar si realmente está ahí? No eres lo suficientemente egoísta como para darte una oportunidad de aprovecharte de la amistad y cariño de los demás, ni lo suficientemente inteligente como para asumir que para recibir, tienes que dar. Para ti, la maldad es un disfraz de guardería y, tras la función, esperas el abrazo cariñoso de mamá. Eres demasiado simple para asimilar la complejidad de las personas.
- Joder, cómo me estás poniendo por un simple comentario soltado sin pensarlo demasiado...
- Los seres humanos no somos ni malos ni buenos, sino más o menos maquiavélicos. Hasta amar es una treta sentimental para un buen negocio en materia de carne humana. Eres tan inocente y cándido que te ocultas entre nubes de maldad superficial y mal fingida porque te da miedo ser un actor interesado por los beneficios de la vida. Tu orgullo te tiene aterrado porque no puedes permitirte más que resultados excelsos que, en el fondo, no te crees capaz de conseguir, y te pasas el día buscando justificaciones a tu permanente aplazamiento del momento crucial.
- Qué aburrimiento escucharte, hija. Tú sí que te crees original, cuando no eres más que otra del montón soltando las mismas paridas de memoria. ¿De dónde has sacado esas ideas? ¿De Blosson, Felicity o las Chicas Gilmore? Todo este gazpacho de sensiblería de alcornoque que perpetras contra mí parte de la absurda e injustificada pretensión que tiene todo el mundo de ser absolutamente interesante e imprescindible para la felicidad de los demás; porque para ti, tu valor se mide por lo felices que haces a quienes te rodean, ¿verdad? Eres muy piadosa, pero tú no podrías hacerme feliz aunque lo intentaras con todas tus fuerzas. Tú si que eres inocente creyéndote la hostia sólo porque vives en ti misma. Aceptar que hay gente prescindible y que eres prescindible para la mayoría sí que es un paso de madurez emocional; lo otro son cuentos de hadas que te empeñas en creerte porque eres incapaz de asimilar el vacío de la existencia.
- ¿Sabes? Creo que ha sido un error quedar contigo y, si como bien dices, te soy por completo prescindible, creo que no te importará que no te dirija la palabra nunca más.

La chica se levantó y se fue. A él sólo le molestó el hecho de que se enterara todo el bar de la bronca que habían tenido. Se quedó un rato solo, mientras terminaba el café, y luego se marchó camino de su casa. Pensó que hubiera sido mejor haberse quedado allí en vez de salir, con las pocas ganas que tenía, para encontrarse además con esa situación embarazosa. Odiaba que nadie fuera capaz de mantener una compostura de indolencia ante las cosas nimias, y más aún cuando lo demostraban en su compañía.

- La gente es problemática e irascible- se decía a sí mismo- están llenos de interruptores automáticos, sólo les tienes que dar en la tecla adecuada y, voila, obtienes la reacción previsible y esperada, ¡qué coñazo!

La chica caminaba camino de casa de una amiga, para contarle lo sucedido.

- Vaya personaje, qué pedazo de fantasma- se decía ella- no hay quien lo saque de su burbuja de respuestas y soluciones para todo. Y encima, el muy capullo, se permite el lujo de menospreciarme. Qué fuerte, no me lo puedo creer...

Al cabo de un par de años, él se encontró con la amiga de la chica.

- Vaya bronca tuviste con mi amiga, ¿eh?- le reprochó ella- fuiste un pedazo de cabrón y deberías haberla llamado para disculparte. Le hiciste mucho daño con aquellas burradas que le dijiste, creo que eres mala persona si realmente crees todo lo que vas diciendo por ahí.
- ¿Ella esperaba una disculpa?
- Qué menos, ¿no crees? Esa manera que tuviste de no volver a dirigirle la palabra...
- Ya...- contestó con una sonrisa en la boca.
- No tienes remedio...

Él se acordó de lo que ella le había dicho aquel día. En su opinión, él también merecía una disculpa; además, era ella la que había roto el canal de comunicación, no él, recordó. Le resultaba curioso cómo se ponen del revés los hechos y se omiten otros para adecuarlos a la presunta magnificencia del yo. Sin embargo, decidió no replicar ni argumentar nada. La amiga era también de ese tipo de personas. Hubiera sido una total pérdida de tiempo, se dijo.

Decidió volver a la misma terraza donde se produjo la discusión, y se pidió otro café solo. Lo disfrutó mucho, a pesar de ser consciente de lo lamentable que era esa pobre satisfacción.

- Vaya, vaya- dijo tras el primer sorbo- vaya, vaya...

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domingo, 5 de julio de 2009

Los electrones

Los rayos no caen, suben del suelo,
y la nubes sueñan erizarse el pelo
con un pinchazo de tierra,
mientras otros adoran su mítico vacío
de galerna.


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viernes, 3 de julio de 2009

Barrendero de madrugada

Estoy enganchado al Cubase. Qué herramienta tan cojonuda. Ojalá todo en la vida fuera tan sencillo. Metido en el local, pasan las horas volando mientras creo música a la carta. Ahora todo depende de mí. Componer así es lo mejor que me ha pasado. Ahora puedo darle forma a toda la sinfonía que martillea mi cabeza, puedo oír con sonidos reales cada una de las canciones e ideas a las que sólo tengo acceso a través de la imaginación y, sobre todo, hacerlas accesibles a la imaginación de otros, mis compañeros de los U-Bets. Puedo hacer bases sobre las que practicar e improvisar indefinidamente con la guitarra. Puedo hacer lo que quiera.

Ahora fantaseo con la adquisición de ese palo que probé en casa de un luthier (un instrumento delicioso) y de un buen pod lleno de efectos que me faciliten la vida, y planeo crearme mi propio myspace personal de guitarrista flipado. Estoy tan entusiasmado que me estreso por la ansiedad creativa, que supera mis capacidades físicas; tan nervioso que apenas puedo respirar hondo y sentarme a escribir: el corazón va muy por delante, las ideas ya no tienen vigencia cuando las acabo de expresar, los sentimientos giran sobre sí mismos tan revolucionados que se me quitan las ganas de atrapar uno sólo de sus instantes. Tengo que parar un poco, tranquilizarme, pero de nada sirve declararlo. El local, con el ordenata, la supertarjeta de sonido, todo conectado a los bafles a través del juego de voces, el bajo, la guitarra, los amplis, los samples de batería, los ceniceros y el aire acondicionado: ahí soy feliz. Y qué satisfacción, luego, cuando los temas empiezan a tener la forma que les corresponde.

En cualquier caso, me jode escribir tan poco, así que voy a pegarle un chiflido a la inspiración (a ver si viene) y escribir un poema, a modo de disculpa conmigo mismo. ¿Otro poema de sexo? No, ahora no. Dejémoslo estar por hoy en casa. Prefiero uno sobre la sabiduría del musgo y sus lecciones de sombra y sus sueños de agua (y dale con el agua y la sombra y el tiempo y el silencio y etc.)...


Barrendero de madrugada

Ella- un contorno que suena a tuba al tacto,
un calor de caoba;
un ensueño de uva en las yemas de los dedos.

La calle- la luz se despierta y se levanta,
eleva la cabeza y, como ella,
ilumina lo que cree que la ciega.

Mis zapatos- pesan tanto que la acera crea ecos
del recelo sospechoso de mis pasos.

Mi guitarra- tiene un mástil de emergencia
que obedece a la mecánica precisa
del cálculo del ábaco.

Y una hoja,
una hoja que se baila verde,
observada por el musgo,
mientras dice “sí” el chasquido de paja de una escoba...

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jueves, 25 de junio de 2009

U-Bets under construction


Nuestra cantante se fue, no voy a explicar los motivos; sólo diré que aquí el trabajo, la seriedad y la profesionalidad son indispensables, por encima de todo talento innato.

Vaya con los cantantes... No me voy a despachar con un tema tan trillado en este blog. Lo doy por sobreentendido. He contactado con un montón, pero de ellos sólo uno vino al local, lo que, visto el panorama, ya es un logro; ni que decir tiene, no se había mirado las canciones, eso ya es mucho pedir. Escuchar y leer (me refiero a un simple párrafo) son actividades cada vez más costosas en un mundo donde la inteligencia y las sutilezas se consideran rasgos excesivamente “sofisticados”. El caso es que no nos convenció a ninguno. Hay que añadir los tres o cuatro iluminados que siempre surgen cuando buscas gente (por suerte los reconozco enseguida al primer mail), un italiano que no vino y ni avisó, y trescientos mil contactos que ni responden para decir que no a la propuesta (cosa que suelo agradecer, pues así cerramos posibilidades, además de ser un signo de madurez y profesionalidad el agradecer la confianza puesta con la debida honestidad). Está claro que el auto-marketing, tan de moda (siempre articulando el desprecio como medio para revalorizarse positivamente), se antepone a la actividad que se supone que publicita: ante todo, hay que hacerse de rogar para sentirse valioso (y hay lanchas hinchables infantiles con unos pabellones enormes y altos que se ven desde varias millas de distancia). Muy bien. Pretty fine. Sehr gut. Ochin jarashó. Pues fuera quedan, con su valor mercantil intacto.

Visto el panorama, los U-Bets nos metemos a grabar el mini-ep solos y la voz será grabada por varias voces profesionales (contactos que nos va a proporcionar el gran Yuyu) para las sesiones. Ahí os quedáis, artistas de pacotilla (y que os den, saludablemente, eso sí).

Paul, nuestro batera, regresa a Nueva York, así que, hasta que no encontremos el batería adecuado, tras los parches tendremos también un mercenario. Esto es lo que hay. Pasamos de perseguir a tanto artista con tanto pájaro en la cabeza sin saber siquiera si vale lo que tiene que valer. El que juegue a eso, ya sabe lo que va a conseguir con nosotros. Hablan y hablan y especulan y especulan consigo mismos, pero nunca llegan a donde se demuestra lo que realmente hay, ese lugar llamado local de ensayo; en lugar de eso, se pierden por las múltiples aceras de los subterfugios y los circunloquios.

Ahora, mientras preparamos el estudio, toco con los Rolling Stones (mp3 metido por mesa), y estoy la mar de a gusto, la verdad, estudiando el ritmo de shuffle, que nunca está de más (sin embargo, esos cabrones grabaron discos y singles sin afinar con diapasón, o sea, te encuentras temas que están en un tono perdido entre La y La#, una putada que me obliga a, o bien afinar la guitarra para cada tema, o pasar y darle al siguiente, a ver si hay suerte y afinaron en estándar).

Pero qué grandes, y cuántos tan pequeños pretendiendo gritar tan alto...

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La esponja y la ballesta

Me empuñas con la piel de bruma de las piernas,
y te palpita la fibra del vientre,
los filamentos de la carne,
los dibujos de los músculos tensados;

tu sudor se hace de viento en tu garganta
cuando ahoga los gemidos del trenzado de los miembros,
y tus labios se mecen entreabiertos sonámbulos de danza,
allí donde el esfuerzo es el arrojo del silencio.

Porque en silencio te estiras y te pliegas,
te agarras y me sueltas,
te haces guante de mi piel
con el arrojo de una y cada una de tus células;

y, en silencio,
oscilan inercias de ballesta
y obediencias de esponja empapadas en mar;
allí, cuando tus ojos entonan
su gravedad oscura de astro,
y tu cuerpo se cubre de mosaicos de agua,
gotas que saben a sal.

Pero seguimos, bailamos,
te tensas con los brazos por mi espalda
y te exhalas, toda una rosa, por tu cuello,
con tus piernas en ballesta.

Y cuando ballesta y saeta son una y sólo una fricción,
se dilatan todos los labios,
se endurecen todas las lenguas,
listos para desgarrar el cielo
de un disparo de voz...

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lunes, 22 de junio de 2009

La opresión que subvenciona, y el delirio


Hace ahora un año que fui a ver una obra musical de teatro del grupo Atalaya (curioso que se llamen igual que la revista de los testigos de Jehová) en el patio de la Diputación. Representaban un musical titulado “la ópera de los cinco centavos” (no recuerdo si eran cinco, tres ó 3.1416). Recuerdo que hasta la mitad de la representación todo iba bien, el argumento se desarrollaba con ritmo y las partes musicales estaban bien puestas, sin excesos ni carencias; sin embargo, de ahí en adelante empezaron los problemas. Y es que si a un grupo de actores le das la oportunidad de descubrir la expresión mediante el canto (y si no hay un director no-actor con cuyo látigo aplaque los ataques agudos de ego auto-fascinado que suelen sufrir a la mínima de cambio), la cosa se puede ir de madre, como ocurrió. De pronto, el argumento dejó de tener peso, se ralentizó hasta casi la detención total, y las partes cantadas se hicieron eternas. Como músico, sé que puedes estar arriba sintiendo maravillosas cosquillas y escalofríos durante horas, sin que ello implique que los de abajo las sientan también, cosa que sólo la experiencia y los tomates te enseña.

Los actores, tan dados a la autocomplacencia, estaban enervados por la experiencia musical, nueva para ellos, olvidándose por completo de que abajo había un público que quería algo más que contemplar la epifanía que creían estar representando, dilatada en dos horas más, en las que no paraban de cantar; y no era una obra de Bob Fosse, precisamente, con su consecuente calidad compositiva, no.

Para colmo de males, al final, la obra desembocó en el delirio total. De pronto, un villano mafioso, asesino y proxeneta (uno de los protagonistas) se convierte en un héroe que se presenta como víctima de la injusticia social, y la sociedad queda declarada culpable de todas sus desgracias, delitos, asesinatos, etc. (todo esto enmarcado en conocidas reivindicaciones feministas, a pesar de la incongruencia inherente: si los nabo-pensantes consideran que “todas las mujeres son unas zorras”, en lugar de rebatirlo como es debido, se sublima el concepto “zorra” y se dejan intactos los roles tradicionales de “mujer-sumisa flipa con bandolero-héroe”, es decir, la agresividad masculina como elemento de encanto y como señal de una nobleza oculta por descubrir, puesto que enfrentarse a la sociedad, aunque sea mediante el delito, se considera un rasgo de nobleza cheguevárica). El mensaje “revolucionario” que no falte en el orden del día (aunque sea de chichinabo). Olvidan que tanto el Che como Fidel Castro eran burgueses de familia acomodada que tuvieron por tanto acceso a los estudios universitarios, nada que ver con un ratero.

No sé si habéis visto películas dirigidas por Kevin Costner, pero al final suelen acabar delirando tanto los argumentos como los personajes en una especie de mal sueño de cerebro hervido. Recuerdo una sobre un campo de béisbol cuya segunda mitad, simplemente, era un argumento más que suficiente para que internaran en un psiquiátrico al autor de semejante ataque patogénico. En el caso de esta obra, la evolución era similar conforme avanzaba: pasaba de un buen arranque, para ir gradualmente iluminándose con las luces de neón de la paranoia alucinatoria desembocando en la sorprendente reivindicación arriba indicada. Y es que los machotes tipo Curro Jiménez están de moda, cogidos de la mano de este vomitivo hispanic-revival que, al parecer, consiste en reclamar la excelencia de todos los mitos machistas del cabestro español: apoplejía edípica, la polla y sus virtudes como elemento andro-representativo, el recurso a la violencia como salvaguarda de una homosexualidad mal llevada (tocar a otro hombre en todo momento, aunque sea con los puños) y, por supuesto, el latrocino pícaro como habilidad social, elemento tan idiosincrásico de la sociedad sevillana.

La verdad es que choca que un grupo de teatro pinte a la sociedad de ese color mientras un organismo público como la Diputación les pasa el cheque para que puedan mantener un cotarro que no suelen ser capaces de hacer sobrevivir si ello dependiera sólo del público (ergo de su capacidad de convocatoria). Sin embargo, la sociedad tiene que ser injusta, opresora, tiránica, etc. porque ellos tienen que ser rebeldes, revolucionarios, antisistema, etc. por un motivo meramente ornamental: a la vanidad le complace ser muy radical, en el sentido en que la vanidad se alimenta mediante el desprecio de lo que se le ofrece (“nada es lo suficientemente bueno para mí”).

La sociedad actual es muy criticable, pero una buena crítica implica aplicar algo de esfuerzo analítico y tiempo para desarrollarlo. Las consignas y motivos revolucionarios tradicionales ya están hechos, y resulta más fácil recurrir a ellos como elementos que ya forman parte del acerbo socio-cultural occidental (al estar plenamente integrados, pierden su carácter revolucionario en beneficio de otro meramente decorativo que identifica a quien lo usa de una manera análoga a como lo haría una prenda de vestir). Es decir, hace que quienes no tienen ideas propias se pongan un uniforme que sólo es crítico en una perspectiva histórica involutiva; se lo ponen aunque el fenómeno en sí sea necesariamente estéril en este momento histórico. ¿Desean cambiar las cosas, o tan sólo militar en el mundo de las personas buenas, guapas e inteligentes de la izquierda? Porque denunciar la censura estatal en un país en que la censura ya no se ejerce a ese nivel es un anacronismo; tener que pensar en el control privado de los medios de comunicación como nueva forma de censura implicaría pensar demasiado, y es preferible adscribirse a la denuncia que tenía correlato histórico en un franquismo que, lo siento muchachos, ya no existe. En la obra de teatro condenan a muerte al villano, y todos se indignan por la injusticia de semejante acto. Bueno, muy bonito, sí, pero siento comunicarles también que no hay pena de muerte en Europa. Y así todo. Los universitarios hacen pelis, obras, donde los malvados profesores coartan la creatividad de los estudiantes; pero las pelis en sí están hechas con la ayuda material de sus respectivas universidades, ¿qué coño pretenden denunciar si ese mundo que denuncian no existe? Esas injusticias pasaban en el franquismo. Ahora no entran los grises en las facultades. Esta tendencia parece una corriente estilística heredera de una vasta tradición, pero con los ojos tapados frente a la realidad. Ha nacido la literatura de ciencia-social-ficción, señores.


Y, curioso, salen por la puerta grande con más pasta en sus cuentas bancarias que antes, gracias a la sociedad opresora que pretende coartar sus peligrosas intenciones de ruptura...

El narcisismo imbécil es sorprendente en sus imprevisibles formas y fenómenos...

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martes, 16 de junio de 2009

Tecnócratas y sus pajas



He conocido a muchísimos tecnócratas a lo largo de mi vida; es más, son una plaga. Ya sabéis, esos que consideran que debería haber una criba para los candidatos a puestos y cargos públicos políticos, de manera que sólo la gente debidamente preparada pudiera acceder a los mismos. Incluso llegué a oír ideas similares para conceder el derecho a voto: que sólo los debidamente preparados pudieran ejercerlo. Siempre me he preguntado quién sería el que estableciese los perfiles idóneos. Al parecer, estos tíos, tan listos que siempre están alertas y miran con escepticismo todo lo que les rodea, no se sienten amenazados ante la posibilidad de que “vaya usted a saber” qué manos deciden qué criterios para hacer el censo y formar la nueva clase política. Crear, en nombre de la justicia social, una clase privilegiada que no tiene que responder ante nadie no les genera desconfianza alguna. Quedaron contentos con no ir a la Expo, dudar de la existencia del Holocausto, de la llegada a la Luna, etc. (o sea, formas vanidosas de autoglorificación mediante una imbecilización gradual del individuo, que se refuerza y consolida mediante la seducción de otros individuos, profundamente estúpidos, al quedar los sujetos fascinados por el abismo donde-todo-es-posible de una mente cuyo discurrir no responde a lo necesario). En resumen, que lo importante es hablar muy alto e impresionar, mediante el vacío formidable de la cretinidad, a alguna niña bien vestida y sin cerebro (de otra forma la seducción no podría suceder), para darse satisfacción a sí mismos. Todo es un juego de escaparate y decoración en este mundo de todo lo posible lleno de patitos rosas y buenas intenciones verbales (y orales).

De todas formas, esta no es una idea para nada nueva (ni los que la defienden: tontos ha habido siempre). El gobierno de los mejores (el sentido primigenio de la palabra “aristocracia”) ya lo señaló Platón, para quien los filósofos deberían ejercer el gobierno de los estados; obviamente, el Tirano de Siracusa lo vendió como esclavo cuando empezó a intentar llevar a la práctica sus teorías, pero nadie ha parecido entender a fondo el sentido de este acontecimiento excepto él, que no volvió a plantearse semejante propósito nunca más. Las Vanguardias Históricas promulgaban el Arte Total, o sea, el pleno dominio de los artistas en todas las esferas como una clase visionaria. ¿Y qué decir de la Santa Iglesia Católica? Si por ellos fuera, volvería el poder absoluto de los constructores de puentes. En cualquier caso, y más en el mundo majadero de la autosublimación inmotivada (o sea, posmoderno), un futbolista afirmaría sin complejos que un delantero sería un buen presidente del gobierno. A igual a A. La fácil lógica del espejo para agradar la simpleza de los memos.

En cualquier caso, estos tecnócratas de tres al cuarto que van de revolucionarios, cuando se les pregunta por el criterio a seguir para distinguir a los privilegiados, siempre se van en primer término, qué curioso, a los criterios más académicos. Choca que ninguno de los tecnócratas que he conocido haya terminado (algunos ni empezado siquiera) una carrera universitaria: quedarían, en su maravilloso mundo aristocrático, inhabilitados para votar o ejercer cargo público alguno. Es en ese momento cuando se paran a pensar (gesto plausible) y matizan: habría que hacer una serie de tests (los que ellos pudieran pasar, claro) y, si los candidatos respondieran adecuadamente, darles la patente de corso política.

Los tecnócratas forman pequeñas sociedades de genios enfadados que en sus reuniones de café se lamentan de lo mal que va el mundo y muestran sus fórmulas mágicas que resolverían todos los problemas si se les escuchara. Microsociedades de estas, formadas por una autoerigida “élite de la sociedad”, he conocido cientos, miles. Una proporción tan alta no puede ser una élite, sino una pequeña mayoría, como mínimo. Vamos, que para proclamarse elitistas parece que no se han aprendido la premisa principal que define el término: la minoría, la excelencia y la exclusividad (cualidades que nadie regala, al igual que los buenos expedientes académicos no llueven del cielo, sino de los codos de cada uno). Claro que cada minisociedad elitista considera que ellos tienen razón, y los de las otras miles de minisociedades sitas en las mesas contiguas de las terrazas, no.

Técnicamente hablando, si bien es difícil decidir quién es élite y quien no, reconocer a un gilipollas, término menos glamouroso pero menos contradictorio con la realidad también, es tarea sencilla. Yo los mandaría a un campo de trabajo maoísta para que los reeducaran pero, claro, por eso no me considero la persona más adecuada para gobernar. Yo sí lo sé. ¿Cuándo lo sabrán ellos? Para saber algunas cosas, hay que ser capaz de saberlas...

Los tecnócratas se pajean alardeando de su idiocia. Bueno, eso es mejor que muchas otras cosas; les podría dar por hacer algo productivo, a saber qué despropósitos, no gracias.

En un mundo donde ser un imbécil se premia, resultaría peligroso, hey. Mejor dejarlos dudando de si hay realmente cambio climático y apareándose con sus homólogos.

Que se pajeen a gusto y de manera estéril, por favor...

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