jueves, 7 de agosto de 2008

La cena

Iba camino de la cena por una avenida brillante, barnizada por las miles de gotas de aquella llovizna suave pero continuada que llevaba lavando la ciudad de su aire ocre de arena y albero. Había dejado de llover, como si el cielo hiciera una tregua para no dejarle excusa para no acudir. La lluvia, el frío, la sensación de vulnerabilidad, de ser incompleto, de estar a un soplido de la muerte. La debilidad como recuerdo de la finitud incomprensible de nuestras almas inabarcables (“cuando sea viejo estaré a merced de los elementos más aún que ahora”); la muerte como frío eterno, o aún peor, como una extensión infinita de la agonía, como la aporía de la liebre y la tortuga de Zenón. ¿Será morir una aproximación eterna a la muerte por los eslabones de la expiración? ¿Qué sentido tiene el propio espacio donde el universo se contiene a sí mismo? ¿Una oscuridad vacía sin referencia? ¿A qué coño viene todo esto, la existencia? Hubiera sido mejor no individualizarse nunca, esparcirse como un barniz de lluvia, como una película casi invisible, sobre todo el espacio, la materia y el tiempo. Nadie tiene malos recuerdos de antes de nacer. Simple extensión. La vida es una broma pesada.

Al terminar de cruzar la calle tropezó con el bordillo y casi se cayó de boca.

- Y ahí siguen las putas piedras, sin embargo- dijo en voz alta. Una vieja se le quedó mirando extrañada. Sería por la bufanda raída y los pelos. Ellas son así.

Al llegar estaban ya todos, buena gente, sana como un vaso de leche, e igualmente plana. Hablaban de la medicina homeopática. Que Maribel había empezado a ir a uno de esos médicos. Aparte de los otros naturistas, herboristeros y shamanes-gurús-cuentacuentos a los que era tan aficionada. A todo el mundo le encantaba el tema, y al final, inevitablemente, le preguntaron a él. Tal como se lo temía.

Era difícil para él, desde un punto de vista ético, discernir cuándo debía mentir y cuándo debía ser sincero, honesto. Por una parte, teniendo en cuenta el cuidado de la apariencia que los anfitriones mostraban (preguntas innecesarias, interés tan sólo aparente en los avatares de su vida- trabajo, carrera y demás cosas que ni a él mismo le importaban- una exhibición narcisista de modales, hogar y generosidad para una suerte de auto-balneario donde masajear su autoestima), resultaría nefasto para el cuadro que dijera lo que pensara; pero por otro, era un gesto de desconsideración para sus amigos el mentirles. Y, además, estaba harto de callarse sus opiniones por delicadeza con sus congéneres.

- La medicina homeopática no me asusta tanto como los que a ella acuden- comenzó- puesto que, si bien ésta tiene fundamentos sólidos, huele a medicina “alternativa” a las narices más estultas que militan en esa corriente irracionalista tan popular hoy día...

Algunos dejaron de comer, y todos lo empezaron a mirar algo incomodados. Él decidió no quitarse ni la bufanda ni el abrigo. Maribel afilaba su mirada de odio por momentos.

- Y es que- continuó- la emancipación de las clases obreras es un proceso con altibajos. La primera reacción tras romper las cadenas es la negación. Toda esta clase media surgida en el siglo pasado lleva aún tatuado el resentimiento social producto de siglos y siglos de explotación salvaje, y ahora, en lugar de empalar nobles o terratenientes, lo canalizan mediante la negación de todo lo que suene a burgués, a la vez que aspiran a ese modo de vida y comparten todos sus valores- trabajo, el mérito de la autoedificación y demás paridas decimonónicas- por eso, si bien desean la seguridad de una asistencia médica, al estar la medicina convencional tradicionalmente ejercida por burgueses y dirigida por investigaciones movidas por los mismos elementos e intereses, reniegan de ella, y en general de todo el conocimiento racional científico en beneficio de una nueva irracionalidad, que no es otra cosa que una materialización de sus miedos y supersticiones que ya denunciaban los ilustrados del siglo XVIII: la mentalidad de parroquia que posibilitó que permitieran bajo mandato divino que los condenaran a vivir en la miseria durante siglos, esa visión oscura y maniquea del mundo, sigue vigente mediante la figura de la “conspiración soterrada”, y sospechan todo tipo de maldades diabólicas de la medicina convencional. Esos padres que ahora no vacunan a sus hijos, y demás. Si bien siempre me enfrentaré a un gobierno que utilice los medios que ahora voy a mencionar, no puedo evitar pensar que a esos padres neuróticos e irresponsables (aparte de sumamente estúpidos) deberían aplicarles unas cuantas descargas eléctricas, a ver si salen de esa nube de reacciones endocrinas y son personas emancipadas intelectualmente de una vez.

Silencio.

Se levantó y salió de allí inmediatamente. La calle era ahora acogedora. Llevaba ya un rato deseando poder volver a sus reflexiones sobre la muerte. Le dolía haberles insultado, pero mentir también lo hubiera sido, aunque resultara más decorativo. Lo mejor hubiera sido no haberse individualizado nunca. Además, no hubiera soportado los comentarios sobre la textura de las patatas gallegas.

Sin embargo, en lugar de la muerte, empezó a pensar en el naranja de las puestas de sol de otoño, en la sensación de levitar que los escalofríos proporcionan, en la infinitud del instante de un beso.

LA DEGRADACION MEDIANTE EL TRABAJO

Los seres humanos trabajan en general demasiado para poder continuar siendo ellos mismos. El trabajo es una maldición que el ser humano ha transformado en voluptuosidad. Trabajar con todas nuestras fuerzas únicamente por amor al trabajo, regocijarnos de un esfuerzo que no conduce más que a resultados sin valor, estimar que sólo podemos realizarnos mediante una labor incesante, es algo escandaloso e incomprensible. El trabajo permanente y constante embrutece, trivializa y nos convierte en seres impersonales. El centro de interés del individuo se desplaza desde su ámbito subjetivo hacia una insulsa objetividad; el ser humano se desinteresa entonces por su propio destino, por su evolución interior, para apegarse a cualquier cosa: el trabajo verdadero, que debería ser una actividad de transfiguración permanente, se ha convertido en un medio de exteriorización que hace abandonar al hombre la intimidad de su ser. Es significativo que la palabra trabajo haya acabado designando una actividad puramente exterior en la cual el ser no se realiza: sólo realiza. Que todo el mundo deba ejercer una actividad y adoptar un modo de vida que, en la mayoría de los casos, no le conviene, es un hecho que ilustra la tendencia al embrutecimiento mediante el trabajo. El hombre ve en el conjunto de las formas del trabajo un beneficio considerable; pero el frenesí de la labor es signo en él de una propensión al mal. En el trabajo, el ser humano se olvida de sí mismo, lo cual, sin embargo, no produce en él una dulce ingenuidad, sino un estado próximo a la imbecilidad. El trabajo ha transformado al sujeto humano en objeto, y ha convertido al hombre en un animal que cometió el error de traicionar sus orígenes. En lugar de vivir para sí mismo –no en el sentido del egoísmo sino de una vida dedicada a la búsqueda de la plenitud- el ser humano se ha convertido en un esclavo lamentable e impotente de la realidad exterior. ¿Dónde encontrar el éxtasis, la visión y la exaltación? ¿Dónde está la locura suprema, la voluptuosidad auténtica del mal? La voluptuosidad negativa que encontramos en el culto al trabajo es más un signo de miseria y de mediocridad, de mezquindad detestable, que de otra cosa. ¿Por qué los seres humanos no decidirían de repente abandonar su trabajo para comenzar uno nuevo totalmente diferente del que están ejerciendo inútilmente? ¿No basta con tener la conciencia subjetiva de la eternidad? Si la actividad frenética, el trabajo ininterrumpido y la trepidación han destruido algo, es sin duda el sentido de la eternidad, del cual el trabajo es la negación. Cuanto más aumentan la búsqueda de los bienes temporales y el trabajo cotidiano, más se vuelve la eternidad un bien lejano, inaccesible. De ahí que los espíritus demasiado emprendedores posean perspectivas tan limitadas, de ahí la mediocridad de su pensamiento y de sus actos. Y, a pesar de que yo no opongo al trabajo ni la contemplación pasiva ni el ensueño vaporoso, sino una transfiguración desgraciadamente irrealizable, prefiero sin embargo una pereza que lo comprende todo a una actividad frenética e intolerante. Para despertar al mundo hay que exaltar la pereza. Porque el perezoso tiene infinitamente más sentido metafísico que el agitado.




E.M. Cioran
En las Cimas de la Desesperación, 1933.

La sinfonía de la verdad

La mítica Sinfonía de la Verdad fue compuesta por Alexandrus Disculpánicus allá por el siglo XVII. Lo que en un principio parecía un mero divertimento para ser interpretado a dúo por triángulo y corno inglés, resultó en algo inesperado para el propio autor, sus coetáneos y todo ser que a la obra se acercara en lo sucesivo. No obstante, a lo largo del proceso creativo notó, como anotara luego en su diario, que sus notas ejercían una extraña influencia en su conducta y que, a pesar de estar en la más absoluta soledad (como exigía para trabajar) hablaba en voz alta sobre temas no siempre apropiados para la vida en una comunidad civilizada. A pesar de todo, no renunció a presentar la obra, una vez acabada, a toda su familia como era su costumbre, pues consideraba aquellos episodios como meros accidentes fácilmente reprimibles.

Así, durante la primera interpretación de la obra ya terminada, al piano, comentó a su mujer de pasada, mientras sus manos recorrían con gracilidad y seguridad las teclas (era un excelente pianista) que su reciente afición por el sexo anal se la había enseñado la cabra que les daba la leche; que no era casualidad que su madre fuera coceada por una mula (famosa en la comarca por su salvajismo) que no debía estar suelta por el camino de la iglesia a la hora en que ella habitualmente regresaba de misa; que su hermana esperaba ansiosamente, como todas las noches, realizarle una inspección urológica oral y que, al contrario de lo que siempre le decía, dos kilos de tetas no eran un monumento a la fertilidad, sino un arma peligrosa de la que sus suegros debieron haberle advertido antes de la boda, motivo por el que había considerado la idea de demandarles, idea que luego desechó para tomar más en serio reclamar una alternativa compensación “ganadera”.

Su esposa, lejos de oponerse a las nuevas y confesadas inclinaciones de su marido, lo encerró bajo llave en los restos de la torre del castillo familiar con la sola compañía de una cabra, del veterinario del pueblo y de un toro salvaje, para que pudiera dar rienda suelta a sus nuevos motivos de deleite.

La obra fue guardada celosamente y sólo en el siglo XX fue recuperada.

El ascensor inteligente

Llegó a la puerta del bloque con la tarta de nata y fresa envuelta en papel, todo el paquete descansando sobre su mano derecha. Se trataba del cumpleaños de su sobrino primogénito y se había hecho cargo de esa importante compra. El edificio era una de esas ambiciosas construcciones nuevas donde se pretendía un acercamiento al hogar inteligente materializado en el palacio de Bill Gates. El acercamiento lo era de intenciones nada más, pero con eso era suficiente: lo importante era demostrar una filiación a los valores que caracterizaban el estado y la causa de la mayor fortuna del planeta, y la fortuna y la felación virtual de la misma era característico (constituía el estado y la causa a partes iguales) de la clase media pretenciosa (valga la redundancia) que lo habitaba.

Una de esas “mejoras” que traían consigo las nuevas automatizaciones era que ahora, en lugar de pulsar directamente el botón situado junto a la letra y piso que tenía como destino, había que leer el código anexo y teclearlo en un teclado numérico sito bajo la cámara que los inquilinos podían utilizar para satisfacer sus ansias de paranoya-persecutoria de robo, subtipo los-ladrones-se-pasan-el-día-vigilando-mi-gran-fortuna-de-funcionario-grupo-d, y luego pulsar el botón con el icono de una campana (para los visitantes torpes). Así, el increíble artilugio, y no el visitante, limitaba la duración de la llamada a un siempre-mismo-e-idéntico intervalo de tiempo (a la hipersensibilidad auto-sublimadora de la dignidad-hiperbólica-como-disfraz-de-egolatría-sin-digerir enerva sobremanera la impertinencia de una llamada de más de un segundo de duración). O sea, el logro consistía en que el dueño de la casa nunca podría averiguar si la llegada de la visita implicaba algún rasgo de urgencia (para así poder eventualmente enarbolar una indiferente tranquilidad de egoísmo), o adivinar la identidad del mismo por su característica forma de llamar: para eso estaba la cámara, aunque ello implicara dejar al niño en la bañera para ir al recibidor y mirar en la pantalla, y que este se ahogara mientras tanto. La automatización, en lugar de simplificar, complicaba las cosas. En eso parece consistir la modernidad (aparte de pagar lo mismo por unos servicios cuya calidad cae en picado mientras insultan la inteligencia).

Cada cual se hace pajas como le da la gana, por cierto.

Marcó, sonó el timbre digital, y cuando lo reconocieron los anfitriones, una campanita tipo aviso de aeropuerto (mas el zumbido de mosca habitual para abrir el cerrojo) hizo los honores y una musical y sensual voz femenina dijo “puerta abierta”, por si a algún memo aún le hiciera falta alguna aclaración sobre lo sucedido. La voz automática comunicaba la buena nueva con una alegría por semejante e increíble hecho similar a la que se adivina en la voz en off de un reportaje sensacionalista del Discovery Channel donde se congratulan como humanos por el progreso que significa un misil, mezclada con la satisfacción de plástico (con estética de peli porno) de un vendedor de cinturones auto-electrocutadores de teletienda. Las puertas se inventaron antes del Neolítico, pero al parecer los avances se aprecian cuando lo son de aspecto y no de esencia: ahora se nos humedece la boca porque hace falta energía eléctrica para abrir las puertas, lo que implica la existencia de centrales nucleares, etc. Un gran avance con respecto al Neolítico y su bárbara técnica de apertura-con-la-mano, que ni siquiera implica una civilizada emisión de CO2. Y siguen haciendo falta puertas. Eso es evolución.

Entró y se dirigió a los ascensores. Llamó.

Cuando entró, el interior le pareció más una cámara futurista de teletransportación que otra cosa. Había un hilo musical tipo dentista (“Satisfaction” interpretado por una especie de orquesta televisiva, en plan instrumental, donde las cuerdas sustituían a la voz y unos coros angelicales completaban el infernal arreglo, que inspiraba tedio de caramelo de anís en boca de forense de bata blanca), pero no había hilo dental. Pulso el botón correspondiente a la tercera planta.

- ¡Ha elegido subir a la tercera planta!

La voz, inesperada, similar a la de la puerta, sonó a un volumen tan alto que dio un respingón y tembló el piso del ascensor. Claro. Alguien que ha pulsado un botón con el número tres necesita de una aclaración que explique o comente su acción. “Si no hay consecuencia audio-visual, no ha existido”.

El aparato, sin embargo, pasó de largo la tercera planta y no se detuvo hasta la decimotercera.

- ¡Decimotercera planta, señor! ¿Desea continuar el protocolo?

¿“Protocolo”? Aquello ya le parecía demasiado. Se quedó esperando a que se abrieran las puertas pero permanecieron cerradas, así que pulsó el botón en el que, gráficamente, se representaban dos puertas que se abrían.

- Ha elegido continuar el protocolo, señor. Procedemos a abrir la compuerta del suelo, señor.

Antes de que pudiera interpretar las palabras que acababa de oír los hechos fueron mucho más elocuentes: el suelo comenzó a abrirse desde el centro y un hueco que mostraba el vacío de trece plantas bajo sus pies se fue haciendo con la cabina, avanzando desde el centro hasta ambos extremos. Se puso muy nervioso. La tarta se le cayó y el sonido en el fondo no lo tranquilizó en absoluto. Llegado un extremo, tuvo que sostenerse en ambas paredes con los pies y los brazos, presionando hacia afuera para no caer en el vacío. Respiraba muy fuerte.

- ¡Compuerta del suelo abierta, señor! ¿Desea continuar el protocolo?

Miraba al fondo, haciendo toda la fuerza que podía con ambos brazos y piernas. Sudaba, las gotas caían una tras otra en el hueco oscuro que se presentaba bajo él. Entonces se dio cuenta de que el botón con la campana de emergencia estaba casi bajo el dedo pulgar de su mano derecha. Lo pulsó.

- Ha elegido continuar el protocolo, señor. Procedemos a desmantelar la cabina, señor.

Un estruendo de trastos con alarido incluido inundó la paz de aquel bloque residencial automatizado.

Los trituradores de basura del fondo del hueco del ascensor eliminaron los restos y un técnico de la empresa instaló otra cabina esa misma tarde.

Todo va llegando poquito a poquito.

miércoles, 6 de agosto de 2008

The office


El trabajo da sed. Una especie de desesperación, un estado de pobreza, necesidad y... acecho ansioso sin objeto. Sentado ante este ordenador, dios, cuántas rememoraciones o fantasías sexuales me he procurado. Estoy seguro de que los ganadores del concurso La Sonrisa Vertical son todos oficinistas, o lo han sido, o lo son de alguna análoga manera. El fluorescente es el verdadero afrodisíaco del siglo XXI, sumado, eso sí, al vaivén de la abulia ofimática, el resentimiento de grupo de los departamentos y el odio sincero a los jefes por parte de nosotros, los indios; ese clima de cretinidad generalizado (resulta increíble que el país no se derrumbe con semejante proliferación de inermes mentales; por supuesto que Kafka se suicidó), esa falsedad en el trato de los compañeros (infatigables carroñeros de picos curvos), esa imitación a los modelos televisivos... Claro, uno se evade al lugar donde estaba tan a gusto antes de venir aquí: la cama, y claro, eso lleva al último polvo, y de ahí, la mente vuela...

Odio mi trabajo. Mi vida es una mierda. Soy un no-ser. De verdad. Ocupo una plaza que no debería, pero mis papeles indican otra. Cojonudo. Soy un no-ser. Parece ser (o mejor, no-ser) que el principio de identidad de Parménides tenía excepciones: yo. La excepción. El no-ser. Nadie me cree.

Es curioso. Un día ejerciendo de no-ser en el Fun Club se me acercó una chica por sorpresa. Como soy más perezoso que un perro a la hora de la siesta, inmediatamente visualicé todo el posible proceso que seguiría a su saludo: que si cómo te llamas, a qué te dedicas, decir algo gracioso, y lo peor, el inevitable “en qué trabajas”, lo odio tanto... Para en el mejor de los casos mal-echar un polvo (no hay nada como conocerse bien para follar bien, a mí que no me jodan) y salir corriendo... Buf, yo, que estaba tan a gusto sintiendo lástima por mí mismo y moradísimo de porros... Decidí cortar por lo sano. “Soy un borracho, tengo treinta años, he vuelto a casa de mi madre, tengo un trabajo de mierda que no me permite ni salir de tapas, ni ir al cine, ni ir a la playa los fines de semana, ni ir de compras al centro, y no tengo carné de conducir, ni coche, ni me importa”. A veces la mayor de las determinaciones resulta contraproducente, pero mi obstinada indiferencia venció finalmente. En realidad, podría haber sido más simpático o agradable. No. Mejor no.

En fin, recuperé mi autonomía, pero sigo en el mismo trabajo de mierda (se ha vuelto a averiar el aire acondicionado de mi “sector” de este non-environment...). El calor, verdadero protagonista de mi corazón estos días, amplifica mis sentimientos misántropos.

“Matar a Clousseau...”

El aire acondicionado de casa, sin embargo, funciona, encimita del sofá. Bien. Comeré con mi amor. Mi oasis en todos los sentidos. Rebien.

A las siete, sin embargo, ayudo a un amigo a desalojar un local de todos sus cuadros. Sudaré, pero dormiré la siesta con mi niña. ¿Qué más se puede pedir?

Quiero reunirme con Juanele a leer poemas. Sería genial reactivar el grupo de poesía.

Ciencia ficción, vamos...

lunes, 4 de agosto de 2008

Al sol de las cinco

Al sol de las cinco

Calor.
Pesa el sol.
Calor.

El alma es un globo y se quiere escapar del cuerpo.

Y puede, casi se cala el corazón
con un gesto…

Calor.
Aplasta el verbo del sol.
Calor.

El corazón late como si hiciera un favor entre lamentos.
Chirría. Se toma su tiempo. Espera.
No hay curso del tiempo.

Calor.
Quema el amor el sol.
Calor.

Piel y ardor- paso tras paso,
imagen tras gesto, metro a metro,
memoria mágica
del pálpito del cuerpo.

Calor.
Refleja tu cuerpo desnudo el sol.
Calor.

Borrón de vapor- el último susurro de mi voz.
Bruma- el sentido consciente
y el dormirse presto en una duna;
flameo de duda- silueta danzante del instante,
un momento
de fulgor.

Se deshace el azul del cielo en el ocre del desierto bajo el sol.

Calor.

A la sombra del silencio.

La arena conquista el horizonte y lo eleva como si fuera viento.

Calor.
Opongo Tu nocturno candor al sol.
Calor.

Aire-piedra condenación,
al rojo vivo del claro.

Bicicleta, llanura-cuesta,
sudor de oro ,
ríos hirientes por los ojos,
lágrimas hiladas en sal en tu reclamo.

Tus labios bajo una ducha fría de verano…

Calor…

Un beso, un Demiurgo,
dos almas de agua,
cascadas en balanzas de manos;

Contenido a ramos en tu pelo todo el Mundo.

Calor, que se escurre
por la fricción de agua que hidrata tus pétalos de flor.

… como una cómplice de lluvia,
vences al sol…

… victoria de roca, hierba, arrollo, viento
y musgo …

Consecuencias

Algo me pasa. Anteayer noche se me descojonó la rueda trasera de la bici (se le saltaron los cojinetes) y ayer por la mañana ya la había arreglado. Esta diligencia en resolver problemas no es propia de mí. En una situación normal habría necesitado dos meses de concienciación para ir a la tienda de repuestos, comprar la rueda, montar la cámara y la cubierta y ponerla en la bici, con el consiguiente reajuste de los frenos, etc; sin embargo, lo hice todo ayer en media hora.


¿Replanteamiento filosófico? No... Maldito poema el del albatros, de Baudelaire. Me gustaba la idea de ser un gigante de los cielos y un trapo mojado de la tierra. Y descubro entonces que soy hábil con las actividades mundanas. Es peligroso; sobre todo, que no se entere nadie. Matizo: que no se entere NADIA. No, no estoy con una rusa, hago femenino el término “nadie” (divertido convertir un género gramatical en uno semántico mediante una inversión, para luego aplicarlo a la nada, a la ausencia) porque no quiero que se enteren “ellas”, las mujeres de mi vida (mi adorada Elisa, mis hermanas, mis amigas, mi madre...), pues parecen sentir una especie de satisfacción en verme hacer cosas prácticas, una satisfacción que roza el sadismo. En serio. Verme subir y bajar muebles por una escalera hace que les fluyan hectolitros de endorfinas por la sangre, a juzgar por la frecuencia con que me lo piden.


Lo único bueno del verano sevillano es que los cuadros secan pronto.


Puta zorra la cabrona de mi vecina. “No se puede aparcar la bici ahí”. Ja. El dueño del piso lleva años haciéndolo. Al título “puta zorra la cabrona de mi vecina” hay que añadir el de “vieja asquerosa y mentirosa”. En el nombre de San jorge, te armo caballero y...


(sólo a título de curiosidad: ¿decapitar con mi espada a...?)


Navegar: mantener con tacto y sentido del equilibrio el timón en la mano, a saltitos sobre las olas. O sea, como follar bien. O trazar bien con el pincel. O glisar bien una nota sobre el mástil. O cantar sosteniendo bien la nota. O llenársete la mente de imágenes frescas al escribir. Importante el equilibrio en este fin de semana. Me gustaría dedicarlo sólo a ella, funambulismo de alcoba, pero es lo que hay.


Bueno.


Ella. Dormida. A mi lado. Su piel. Dormida. Y mi nariz. Su olor. Pulsaciones-martillo. Pero ella duerme. No despertarla. Atento. Contente. Contento. Con tacto. Contacto. Chispas.


Se me infla el pecho de nubes,

el corazón se hace un sol,

el aire hace asteriscos de huracán,

pero está caliente y vomito llamas al techo

como protesta.


Saladas y frías las lágrimas.

Ella duerme. Sudo.


Abro la boca y estiro el cuello y fumo más aire,

y ella en su calma de túnica y cortina,

hace la paz en el secreto de sus párpados,

y su piel de seda se hace aroma

a la respiración de compás de la noche.


Ir y venir de luna,

su aliento besa sus comisuras.


Ir y venir de luna ella,

luna y jugo y pulpa y savia.


Si me oyera...


Y cojo y me desvelo, claro.


La bici.

La puta vecina.


La piel recostada a mi lado.

Seda a medio tapar.

La brisa fresca que agita sus rizos.

Ser viento entre sus piernas,

brisa entre sus labios,

saliva en su respiración-caricia...


Calla, idiota, Fshhhhhhhhhh!!