lunes, 16 de abril de 2012

San Francisco, en la boca




Resultó todo muy extraño; porque, desde la concepción inicial y aquellos primeros aleteos juntos, habiendo compartido la experiencia de los consecutivos ciclos de metamorfosis como verdaderos hermanos, tan sólo bastó un instante de retraso, justo al final. Cuando sacó la cabeza a la superficie, mientras jadeaba ahogado y exhausto, comprobó que ya habían construido San Francisco.




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sábado, 14 de abril de 2012

Vivisección de un poeta


El uso gramatical de los pronombres es algo al alcance de cualquiera, pero su asimilación psicológica es otra bien distinta; de hecho, si analizáramos la Historia podríamos afirmar que el ser humano medio es capaz de empatizar correctamente (es decir, identificarlos en función de su circunstancia inmediata) con los pronombres yo, tú, él, ella, vosotros y ellos. Sí, efectivamente, falta nosotros, dado que ha sido un pronombre comodín con el que al ser humano medio se la llevan dando por el mismo sitio durante siglos. Nosotros es un concepto tan volátil que lo mismo representa a una nación, a una pareja o a un equipo de fútbol; el ser humano medio reconoce mejor los vosotros y ellos circunstanciales porque le suele acarrear una consecuencia económica fácil de identificar. El nosotros, sin embargo, pertenece al ámbito del hampa y las altas esferas de poder. Ello es visible actualmente cuando los europeos entendemos por nosotros a España, Cataluña, Euskadi o incluso Triana, como reza alguna camiseta, en vez de identificarlo con nosotros, la clase media europea, frente a ellos, las fuerzas financieras (en eso sí hay acuerdo, puesto que pertenecen al pronombre vosotros, voilá).

Pero hay casos especialmente preocupantes. Si ve que su hijo, que da sus primeros pasos, tras caerse mira a su alrededor antes de pensar si llorar o no, está condenado: su hijo puede ser un poeta. Y es que para ellos la dimensión de los pronombres es más limitada: se reduce a YO y ELLOS; a veces, cuando surge el amor, surge TÚ, y otras son capaces de integrarse en el NOSOTROS (poesía comprometida), no libres del marasmo turbio de lodazal que lo caracteriza; pero tarde o temprano los traicionan, como luego explicaremos al hablar sobre su falta de constancia en el compromiso.

Ante todo está el YO, que suele verse humillado por la conspiración de ELLOS ante la presencia de unos robot-zombies incomprensibles que son aglutinados bajo el concepto de “unidades elementales del conjunto ELLOS”, o “personas que no soy YO”. Es decir, el, ella, nosotros y vosotros son sólo diferentes lados del poliedro ELLOS. De ahí la desesperación de sus familiares, amigos o simples conocidos ante su imprevisible representación social del día, o su miopía para apreciar el cariño y esfuerzo de aquellos que cuidan de ellos y los quieren.

Como el niño que se cae y deja de pensar en YO para pensar en ELLOS, lo malo para el poeta no es la tragedia, sino su mala representación dramática, y ahí no distingue ni familia ni amigos; forman parte de ELLOS. Y esa será la marca del resto de su vida. Como dijo Vincent Vega, “sólo por pillar al tipo que me arañó el coche hubiera merecido la pena que lo hiciera”, es decir, estaría dispuesto a aceptar el arañazo si este se hiciera con el debido final feliz y honroso para el héroe, aunque tuviera que llevar el coche al taller y aflojar la pasta gansa; pues bien, la familia, los amigos, la amante, todos pueden ser un coche en un momento determinado de su vida.

Pero antes me referí al uso excepcional del TÚ. A veces, surge de entre el marasmo ELLOS una unidad diferente a la que se le otorga el rango de YO satélite (es decir, alguien que puede alcanzar el estado sublime YO, partiendo de ELLOS, por obra y arte de la voluntad iluminatoria de un YO heroico); TÚ se trata de personas completas que viven un sufrimiento análogo al suyo y que florecen como seres extraordinarios sobre el conjunto amorfo de ELLOS (aparte, son seres bellos que follan mucho). Semejante sublimación, sin embargo, puede ser de tal calado en el poeta que el TÚ pierde su sentido indispensable y puede ser sustituido aleatoriamente en función de la disposición caprichosa del YO. Al final suele sucumbir en devolver a ELLOS a todas sus TÚ, con el paso del tiempo.

En este sentido, la obra del poeta no es más que una corrección sobre la parodia que suele ser su relación con ELLOS para dignificar su enfermedad. Por ello no comprenden que los admiren sin siquiera haber sido deslumbrados por su luz de YO.

Luz de YO...
luz de yo...
luz de yo...


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martes, 13 de marzo de 2012

Litros, centilitros, mililitros...

Crecer y envejecer son dos caminos que nacen en la misma encrucijada.

Se puede crecer como un anciano,
o envejecer como un niño.

Sin embargo,
ser grande no tiene nada que ver con esto...

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viernes, 9 de marzo de 2012

Haykú solar

La tierra se suicida en tus palabras
con esa expresión de tonto sublimado...

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Calles, perros, tardes y disimulos

- ¡Ese es para ti!
- ¡O para ti!
- ¡O para las dos!
- Pues sí, ¡para las dos!
- Sería un punto, eh? jajajajaja!
- ¡Ya lo creo!
- ¿No dice nada? (jijiji)
- ¡Qué va, yo creo que es guiri y no se está enterando!

(...)


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jueves, 23 de febrero de 2012

Solicitudes


Salía del instituto, era un lunes. Un día de mierda como cualquier otro, a pesar del sol, que lucía bien. Mi amigo Juan Antonio me comentó, de pasada, que las personas que se suicidan quedan como almas errantes en la tierra. Le gustaban esas curiosidades. Lo soltó como podría haber soltado cualquier otra cosa. Se lo había dicho su madre, o lo había leído, o visto por la tele, o algo así. No le di mayor importancia y me fui a casa.

Al llegar me encontré a mi hermana en la cocina, destrozada. Yo estaba enfadado con ella y pretendía no dirigirle la palabra, pero no fue posible.

- La prima Rosario ha muerto- me dijo, entre lágrimas.

La muerte. No. Me resistía a ello. Esa señora no entraba en mis planes, no entraba en mi vida y por supuesto no entraba en mi familia, esas cosas las tenía muy claras con la inocencia ignorante de quien tiene 14 años. Por lo tanto, eso era intolerable, inadmisible, no, no lo aceptaba. Inmediatamente pensé que Rosario se había matado en un coche el fin de semana, era la explicación más lógica. Me quedé un poco chocado, no me lo creía. Y vaya mierda, las juergas, las fiestas, los coches, el alcohol, matarse de esa forma tan absurda, todo desfilaba a toda velocidad ante mis palabras bloqueadas. Las palabras de mi hermana no lograban entrar y hacerse un hueco; esas no. Me fui, sin darme cuenta, al fondo de la casa, lo más lejos posible de la calle, donde había menos luz y todo parecía más profundo.

Caminando como un zombie de un lado a otro de la habitación, me la encontré de nuevo, parada en la puerta.

- La prima se ha suicidado. Se ha  tirado por la azotea, anoche, a la una.- y volvió a romper a llorar. Yo sólo sentía con decepción lo secos que tenía los ojos, y el extraño cero que sentía por dentro. Y, en cierta forma, tras el shock inicial, no me extrañaba; Rosario fue siempre un poco triste, melancólica. No era tan raro, aunque sólo en teoría. Quién nos iba a decir que se atrevería a hacerlo realidad...

- Qué fuerte- seguía diciéndome, entre temblores, mi hermana- ¡qué bestia, qué salvaje!

Justito a esa hora, en la víspera, ella me había largado una bofetada inesperada mientras discutíamos por quien se duchaba primero. Nuestra ducha solía estar muy solicitada de madrugada, con tanto lunático por la casa, pero fue raro; quiero decir, que ni ella esperaba dármela, a pesar de haberla insultado con la crueldad propia de los adolescentes.

(...)


Llegamos a Jaén, todos menos mis hermanos pequeños. Por mucho que intentara imaginar lo que me esperaba en aquel velatorio, nunca hubiera acertado ni de lejos con lo que allí había. Mis padres me lo habían advertido durante el viaje, pero yo hacía tiempo que no me creía nada de ellos; era como si funcionaran en una frecuencia de radio que no era la mía. Yo prefería mi sistema. La muerte, por la puerta grande, con todas sus galas de tragedia, en la familia de mi tío, ¿cómo nos podía haber pasado esto? Me pasé las horas anestesiado, sentado en la cocina, luchando porque no me tuvieran que consolar a mí también. Ante todo, luché por no derrumbarme. Pensaba que ya tendría tiempo para hacerlo en soledad. Mis tíos estaban destrozados y yo ahogado en esa realidad de la muerte que llegó sin avisar, pero lo logré, logré mantenerme firme toda la noche.

(...)


El funeral fue lo normal para una chica de 20 años que murió por voluntad propia. Todo lleno de jóvenes en la flor de la vida que se antoja que no deberían estar ahí, en estas tragedias; era como si estuvieran a destiempo, fuera de su ritmo vital, fuera de guión. El cura la conocía desde la infancia y estaba visiblemente dolido también, las lágrimas estaban por todos lados, el dolor era agudo y profundo. Estuve y no estuve. Simplemente pensé en ella a lo largo de toda la ceremonia y no en lo que el cura decía, barriendo hacia lo suyo. Luego, nos fuimos al pueblo de mi padre, tras el coche fúnebre.

Seguimos al ataúd en procesión, caminando por el cementerio, y una de mis tías-abuelas empezó a ejercer de plañidera. La odié por ello. No quería folclore ni llanteríos escandalosos en ese funeral, sólo tristeza real y sincera, pero sin lamentos; para eso ya era tarde, a todos se nos había escapado algo para evitarlo. No podía soportar esos llantos. La miré con un velado desprecio. No duraron mucho.

(...)

Llegué a casa con varios objetos de ella que me habían dado mis tíos. Mis tíos quisieron repartir entre todos nosotros muchas de sus cosas que podían ser útiles; era eso, o las tirarían, así nos lo pintaron. Joder, pensé, no me extraña que Rosario se quisiera ir de esa casa, era como si la quisieran borrar de la existencia: fotos, libros, todo lo querían fuera de la casa. Los tomé para salvarlos de la basura, para tener siempre presente que existió. Libros de texto, cuadernos y algunos discos, entre ellos el “Born in the USA”, de Springsteen. Ahora me interesaba lo que a ella le gustaba. También tenía otro de Luz Casal. Aunque lo oí en su casa, no me lo llevé, creo que lo cogió una de mis otras primas.

Ya era por la tarde, me encerré en una habitación y lo puse. “Ahora puedes”, me dije, “ahora puedes llorar todo lo que te has aguantado desde ayer, se acabó la pantomima y las obligaciones rituales”. Daba vueltas por la habitación, me arrojaba al suelo, me levantaba, me arrastraba a cuatro patas, y al final me recliné sobre las frías baldosas durante toda la tarde. Y volvía a poner el disco. Le gustaba a ella. Había que investigarlo.

¿Estaría observándome mientras la echaba de menos de una manera tan extraña? Tenía la impresión de que ella, que siempre había sido tan protectora y cariñosa conmigo, me vigilaba, cuidaba de lo que hiciera, sabía con qué ideas había coqueteado inocentemente. “No lo haré nunca”, le dije, “ya sé lo que es esto”.

Bruce sonaba y sonaba...

...pero nunca conseguí llorar.

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viernes, 9 de diciembre de 2011

El sarcasmo, la ironía y la mentira


Estaba en el fun cuando una mano le tocó violentamente en el hombro.

- Eh, tú, cacho de caradura, ¡eres un mentiroso!

Era una chica muy mona y morbosa que había conocido una semana antes. Esperaba para mear en un tugurio cuando la vio parada frente a él, apoyada en la pared, con un vestido rojo bien ceñido y unas buenas curvas. “¿A dónde vas, Caperucita?” le espetó. “Supongo que tú eres el lobo...”, respondió ella, a lo que él sólo replicó con un aullido. Muy simpática, se lo llevó a charlar sentados en un sofá. Fue una charla agradable, ella tenía 28 años, él 24. Al final, lo desenmascaró y lo consoló de sus dolores espirituales, pero sin sexo. Se marchó a su casa bastante decepcionado de sus malas artes dramáticas.

- ¿Mentiroso? ¿De qué hablas?- le respondió a gritos, pues la música hacía difícil hablar.
- ¡¡Me has puesto en ridículo!! Me dijiste que eras pintor y que exponías en galerías, y resulta que yo trabajo en eso, he preguntado por ti y nadie sabe nada, ¡¡eres un farsante!!

Se quedó flipado, no sólo no recordaba haber urdido semejante patraña, sino que no era propio de él inventar semejantes historias.

- ¿Estás segura? Yo no recuerdo haberte contado nada de eso, ¡ni mucho menos! Yo no soy pintor, nunca he expuesto, ¡estoy totalmente fuera de ese mundo!
- Lo hiciste, chaval, y me ha sentado fatal,  ¡creía que eras un buen tío!
- Es imposible, nunca me invento cosas ni voy de bribón, ¡tienes que haberme entendido mal!
- De eso nada, tío, que te den, ¡paso de creerme más mentiras!

Intentó darle vueltas a la cabeza, recordar lo sucedido. Ella parecía no mentir en absoluto, así que tuvo que haber dicho algo en el momento que diera lugar al malentendido. Era posible que ella le hubiera preguntado si era artista y él, en tono sarcástico, le hubiera respondido “sí, claro, las galerías se dan hostias por mí”, por ejemplo, era la única explicación.

- Es posible que te lo dijera en broma, pero que te lo creyeras y yo no me diera cuenta.
- Eso ya es rizar el rizo. Bueno, me marcho, me has decepcionado mucho, y todo el mundo se ha creído que soy idiota.
- Lo siento, nunca fue mi intención.
- Todos los tíos sois iguales...


(...)


- ¡Diga!
- Soy Javi, estoy en casa de unas amigas con el depravado..
- Ah, o sea, que dejamos la grabación para otro día.
- Mejor, estoy aquí apalancado.
- Bueno, ya  hablamos.
- Por cierto, ¡aquí una de ellas dice que trabajas en educación infantil y de animador sociocultural para niños!
- ¿Qué?- “no puede ser, otra vez”, se dijo.
- Dice que se lo dijiste tú hace años en una fiesta en su casa.
- Dile que me estaba quedando con ella, pero que no me di cuenta de que se lo creyó.
- Ok, ¡adiós!
- ¡Adiós!

No se acordaba ni por asomo, pero tampoco lo creerían si lo explicara mejor; más bien al contrario. No podía culpar a nadie de eso, ¿la vida? Un recurso estúpido. Pero tuvo que ser así, malentendido tras malentendido. La ironía y el sarcasmo se vengaban de él...


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