jueves, 4 de septiembre de 2008

Fernando no está

Fernando ha sido siempre el eterno incauto. Su futura conversión al Islam lo demuestra. No hay nadie tan inadecuado para moral monoteísta alguna que Fernán. Fernán se cree Dios. Fernán adora el Corán porque suena bien fonéticamente, eso es todo. Sufrirá en algún rincón, privado de placeres, y su espiritualidad será prestada. Fernando, el eterno incauto.

Fernando era el objeto favorito de los experimentos de Rogelio y Pájaro en la República de Demencia, especialmente los de levitación. En la República de Demencia se propugnaban los experimentos de la llamada levitación imperativa. Instaban, insistentemente, a la naturaleza para que les honrara con su propia negación, con su mutilación, su rendición. Se le exigía infringir las normas que constituyen su esencia, a nuestra imagen y semejanza; se le requería una contradicción cósmica. Para ello se le daban miles de oportunidades de contradecir la ley de la gravedad.
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Rogelio y Pájaro, los dos Cónsules de la República, convocan Jornada de Levitación Imperativa (JLI). Los ciudadanos enardecidos se arrojan desde puentes, rascacielos, helicópteros o grúas de construcción. Solicitan enérgicamente a la naturaleza que desobedezca sus propias leyes; de lo contrario la hacen responsable de los suicidios. En eso consisten las JLIs. Una lluvia de miles de personas estrellándose por las aceras y las plazas y los acantilados, el asfalto teñido de rojo. Velos humanos en continuo fluir tapan los cielos al ritmo de una música de aullidos y alaridos. Se lucha por levitar.

-¡Luchad por levitar, malditos! ¡Arrójese señora, arrójese! ¡Así, muy bien, Expresionismo puro!

Un artista circense luce una levita y tiene dudas y no se atreve a levitar. Pero la misericordia infinita de los cónsules suple su carencia de voluntad. Sus bailarines armados lo ayudan a saltar impulsándolo con sus propios brazos. Luego saltan tras él, intentan alcanzar el suelo, fracasar, a la vez que él. Es divertido mirarse antes del choque, crea una subespecie de camaradería muy apreciada en la República de Demencia.

-¡Espera tío, espera, que te alcanzamos! ¡Insiste, insiste, insiste, insiste!

Todo es una fiesta, todo es jolgorio y alegría. Todo es vuelo y la naturaleza se niega a cooperar, se niega a dar su brazo a torcer. Por eso se mantiene la guerra abierta a la fauna. Están en guerra, todo el país está armado, todos permanecen concienciados, al acecho, esperan las órdenes. A veces su entusiasmo se desata y se golpean mutuamente con vehemencia. Los antidisturbios se ven obligados a ejercer la represión con morteros y cañones. Un representante del Ministerio de Happenings tiene que supervisar toda la acción.
Es absolutamente necesario que las explosiones sigan una configuración estética determinada. Los cónsules las determinan cada mañana, pues el país arde de entusiasmo y estas reyertas son habituales. El país ama a sus cónsules.
- Queremos explosiones amarillas y azules y verdes, hoy. El cielo es gris, crean una buena combinación de colores. No queremos explosiones esféricas. Creo que quedarán mejor siendo planas y redondas, y que su onda expansiva viaje a ras del suelo, minando los cimientos de los rascacielos. ¡Ja, ja! ¡Se derrumbarán y el gris del polvo y la ceniza, y las llamas rojas, todo será perfecto! ¡Sí!

Rogelio y Pájaro observan desde palacio, detrás de sus amplias cristaleras. Un cielo cerrado por siluetas humanas que se precipitan interminablemente; fogonazos y explosiones azules y verdes; incendios en las barriadas tiñen de rojo el aire y las nubes moteadas de seres que se precipitan; sus sombras proyectadas como estampados gigantes en el paisaje urbano.
Excitados juegan al fútbol en el salón. Escuchan a Dvorak, juegan al fútbol estético, dan patadas bonitas, cometen errores bonitos. Todo muy bonito: un balón amarillo, una pared gris. Beben ingentes cantidades de vino mientras disfrutan del espectáculo, de su obra, y se sorprenden de sí mismos. Rogelio sostiene una cámara, Rogelio va a rodar películas. El cielo es rojo y se pone el sol en la República de Demencia, donde todos se mueven alocados como las moléculas de gas, como la sustancia incandescente que tiñe de llama el cielo de la República. Ellos bailan al ritmo del choque de las esferas, las moléculas de gas en combustión. Rogelio pasea y espera la colisión de los cuerpos contra el suelo. Pájaro se preocupa por comprenderla, pero la comprende antes de conocerla, o al menos eso cree.
Toman a Fernando y lo tiran desde la ventana, pero no sale bien, no levita y se estrella contra el suelo. Sin embargo ha resultado divertido, y Fernando se emociona y lo quiere volver a intentar.

- Oye, sí, yo creo que si me tiráis por esta ventana tal vez funcione. Fíjate, Pájaro, ¿no crees? ¿Me sienta bien este sombrero para levitar? Venga, vamos allá.
Y entonces,

- Mira, Rogelio, mira, ¡Ja, ja, ja! ¡Rebota como una pelota por los balcones! ¡Me ha mirado y se ríe! ¡Jaaa, ja, ja! ¡El poste de la farola le ha vuelto la cara del revés! ¡Ya no sonríe, ja, ja, ja!
Y desde abajo,

- Justo en La, tíos, ha sonado en La mayor. Un gran sonido profundo el golpe contra la acera. ¿Por qué os reís, cabrones? ¡Saltad también, saltad como yo! ¡Yo soy grande, me invitarán a los programas de intelectuales de la tele! ¡Yo soy grandeee!
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Aguas

El agua de la alberca, el agua del estanque y el agua del aljibe.

Alguien accionó la llave,
y el agua de la alberca
empezó a dejarse llevar,
haciéndose torbellino
al pasar por el desagüe.

Al agua del estanque le pareció su obediencia patetismo:
ella, que descansaba su alma de río
segura de continuar pronto hacia el mar;

la de la alberca parecía contraerse en la oscuridad de un túnel sin final,
haciéndose torbellino al pasar por el desagüe.

Al agua del aljibe le pareció su destino un sino artificial:
ella, que como agua de lluvia vivía en la nostalgia
del cielo y de las nubes,
ebria de su casta, su pasado y su limpieza;

la de la alberca parecía mezclarse con metales de tuberías sin aire,
haciéndose torbellino al pasar por el desagüe.


El agua de la alberca dio a parar a una red de aspersores:

Fue lluvia bajo el sol
y serpenteó entre sus rayos
como un desafío a las leyes del calor.

Otra parte se evaporó y fue nube
y lluvia y cielo,
como un sí sereno a los designios de Dios;

y otra parte corrió entre la tierra,
hizo crecer el musgo y la hiedra,
y luego se unió a un río más grande
para disolverse como un sueño
entre las olas que rompen en la arena...

martes, 2 de septiembre de 2008

Celos

Veo tus avionetas anti-incendio dirigirse al mar.
Me pregunto qué clase de fuego persiguen allí.

Me presentas la factura:
Combustible,
agua,
tasas de aeropuerto.

Me río.

Te enfadas.

El mar sigue mojado.

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Jacinto y la vida-espectáculo

Jacinto, desde el día en que nos conocimos, me contaba por entregas su dramática historia con Dalia. Lo más irritante fue que nunca fui consciente de verla. Al parecer, en mi estado hipnótico habitual, me los encontré un día a los dos y no me di cuenta de que Jacinto iba acompañado por la tan divinizada chica. Era la típica relación indecisa y torturadora, la de Jacinto y Dalia, aunque no queda claro si lo era más para él que para los que lo rodeábamos, los que teníamos que escuchar permanentemente sus quejas y alaridos y reproches y lamentos.

Una de las primeras veces que charlé con él, mientras nos contaba el último episodio de su infortunio, se le derramó, en un ataque de dolor, la cerveza en los pantalones, y no sabía si debía entrar en clase, pues consideraba que los demás se reirían de él al pensar que se había meado encima.

- ¿Creéis que parece eso? ¿Lo creéis? No sé si entrar...

Mostraba el dolor de la duda de Hamlet, y el gesto de su boca, torcida, indicaba el desgarro de su alma.

- No sé si llamar a Dalia, ya la he llamado esta mañana y me ha dicho que no podía verme ¿Creéis que pensarán eso? ¿Serían tan cabrones y morbosos como para creer que me he meado encima? No sé, Uli...

Y se ponía en pié, y se levantaba el jersey para que fuera más patente.

- Tú, si me vieras por el pasillo, ¿Qué pensarías?

Y se volvía a sentar, y se quedaba pensativo.

- Creo que voy a llamarla, ¿no?

Todos le aconsejábamos que no lo hiciera, y eso no hacía sino afianzarlo en su determinación. También insistíamos en que sólo él podría pensar algo semejante de alguien que llevara una mancha de cerveza en los pantalones. Y entonces se levantaba, tras taparse la cara con las manos y lamentarse en silencio, y se marchaba a clase, trasladando sus manos a la parte mojada de sus vaqueros, caminando encorvado como si se estuviera meando o un misterioso dolor se alojara en su vientre.

Lo observábamos hasta que desaparecía lejos, minúsculo, tapándose el paquete. Y la gente se fijaba en él al pasar, y él no se fijaba en nadie.

Jacinto escribía poemas sobre su polla, sobre su operación de fimosis, sobre sus visitas al médico por sus problemas de excesivo tamaño. Jacinto era el gran poeta-polla que escribía pollemas. Al final, después de tanta proliferación fálica pervivió tan sólo el Pollema original, su más celebrada obra. Después de recitarlo a gritos solía invitar a cerveza compulsivamente. Era capaz de beberse dieciséis botellines en una hora en los momentos de más desesperación de su drama personal, de su conflicto con Dalia y su polla. Sí, a veces yo mismo me preguntaba si ella tenía polla también.

Otra vez vino a mi casa y comenzó a contarme otra historia.

- ¿Sabes, Uli? El otro día me fui al médico, porque, ehh... No me puedo poner los condones, ¿sabes?, es que tengo el nabo muy gordo, no quiero decir que lo tenga muy largo o grande, ni dármelas de nada pero... ¡Tengo el nabo muy gordo! ¡Y no me entran los malditos condones! Así que me fui al médico a ver si eso es algo normal, y entré en la consulta, pero no sabía como explicárselo. Me quedé así, un poco indeciso, le dije “Ehh, es que tengo un problema algo conflictivo”, y la enfermera no se iba, y los dos sonreían y esperaban, y me daba mucho corte explicarlo así, delante de ella, y no sabía cómo hacer para que se largara. El médico me dijo “No se preocupe, aquí no nos comemos a la gente”, así que le dije que tenía un problema con mi polla. Y la enfermera dijo “¡Oh, qué chico más gracioso!”, pero por suerte se largó. ¿Te imaginas? La enfermera encontraba gracioso mi problema, tío... Así que ya estando a solas, aunque seguía siendo difícil para mí, me puse a explicárselo. “Verá, es que creo que tengo el nabo muy gordo y no me puedo poner los condones, y tal”, y el médico me dijo que bueno, que no nos precipitáramos. Yo le dije que me habían operado de fimosis a los diecinueve años, que quizá los puntos evitaron que creciera a lo largo y sí a lo ancho, ¿sabes?, ¡y el tío empieza a reírse, empieza a descojonarse y a decir también “oh, qué chico más gracioso”! Y después coge y empieza a hacerme preguntas, “¿Es usted filósofo?”, y luego me explica que le interesaba saberlo porque aquello que le había contado era la típica explicación de un filósofo, y yo le dije que no, le dije, queriendo ser muy digno, “No, soy poeta”, todo ofendido, y el tío coge y vuelve a repetir “¡Ay, que chico más gracioso!”. A esas alturas, no sólo había vuelto la enfermera, sino que traía a otra para presenciar el espectáculo. No sé, tío, no sé, esta mañana he vuelto a llamar a Dalia, pero no quiere verme, no sé, ¿crees que debería llamarla?

- Pero, ¿qué te dijo?- le pregunté yo.

- Que no quería verme, que tenía que estudiar.

- ¡No!, me refiero al médico.

- ¡Ah!, me dijo que me hiciera una foto con una pollaroid y se la llevara, ¿sabes?- su semblante estaba aturdido por la desdicha, su boca llena de pollas- y he venido a ver si me dejas tu pollaroid, y hacerme así la foto de mi polla, y entregársela al médico...

Por desgracia yo no tenía carrete ni dinero, pero le dije que si lo consiguiera él por su cuenta podría contar sin problemas con mi cámara. Pero prefirió olvidarse del tema. Aquello de la foto le parecía muy sospechoso.

En cierta ocasión intenté localizarle para que se uniera a nosotros en un recital, pero no conseguí contactar con él. Algunos días después del recital me lo encontré por la calle.

- Jacinto, te has perdido un recital de puta madre, ¿dónde estabas?
- Me has intentado llamar al móvil, ¿verdad?
- Sí, claro.
- Es que se me ha caído al water.
- ¿Cómo?- le dije medio descojonándome.
- Que estaba sentado en la taza, tenía el móvil en un bolsillo de mis bermudas, y cuando, después de limpiarme, me subí los pantalones, como los bolsillos esos son tan grandes, se salió y se calló dentro, y estaba encendido y se jodió.

Aquello no me extrañaba en absoluto, más que nada porque Jacinto maltrataba su móvil con frecuencia, aseguraba que lo resistía todo, y para demostrarlo lo estrellaba contra la pared de enfrente a la primera oportunidad que tenía durante nuestras reuniones del grupo de poesía en aquel callejón estrecho. Y la verdad es que resistía, pero sucumbió ahogado bajo las heces de su propietario.

Sin embargo, Jacinto compartía conmigo los momentos más amargos de la angustia. A veces me invadía una especie de sentimiento de agotamiento y ansiedad, y me sentía más arropado escuchándole, observando cómo parodiaba toda nuestra pena. Nos lamentábamos juntos con cierta autocomplacencia, también. Nos sentábamos en la calle con una botella de vino y charlábamos así, durante horas, hasta que se ponía el sol, o sobre nuestro sino, o sobre nuestro desgraciado paseo por la vida diaria. Concluíamos con que en realidad teníamos mucha suerte y, así, cada uno se marchaba a su casa bastante recompuesto, y por el camino la gente nos miraba mal.

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lunes, 1 de septiembre de 2008

Encuentros al final de la noche

Mientras Alex y yo permanecíamos sumergidos en nuestros respectivos océanos de alcohol, drogas y orgías, cuando aún no conocíamos a Rogelio, Esperanza y Fernando más allá de algún encuentro súbito en algún antro nocturno, fue cuando ellos comenzaron a reunirse en la Facultad de Filología. En el bar de la Facultad, más concretamente. Por favor. Más cerca. Bajo el sol. Al viento. Ajá. Fue entonces cuando fundaron el grupo de poesía. Se reunían los Viernes por la tarde y leían poemas, leían los versos que habían escrito durante la semana. También integraba el grupo Jacinto, un amante entregado de un neurálgico subgénero antipoético. Obras suyas como el Pollema, el Paulema o el Apoema habían trascendido los límites de acción física del autor, y eran conocidos en algunas otras ciudades, transmitido de boca en boca. Asistía también una poetisa llamada Marga, musa resignada de Fernando. Era en aquellos comienzos un grupo bastante amplio y heterogéneo. Compartían sus emociones y luego lo festejaban. Alex y yo, tras conocernos en aquel concierto, nos vimos tan sólo en contadas ocasiones, en pequeños encuentros fugaces. Un año después de ser presentados me marché a realizar un viaje por el norte de Europa. Mientras estuve fuera, Alex viajó también a su manera, entre cocaína, caballo, base, pastillas, saliendo milagrosamente ileso de todo aquello. Yo me dediqué un poco a no tan-todo. Lo único constante era la locura.

Regresé a pasar la navidad, la única vez que pisé mi ciudad durante el año que permanecí fuera, y me lo encontré en dos ocasiones. En la primera nos topamos al amanecer, en un bar ocupa donde me invitó a algo de cocaína. La siguiente, de madrugada, fuimos interrumpidos por un camello que le reclamaba el pago de la cocaína que se gastó conmigo días antes.

Alex pagaba sus drogas tocando como músico callejero, así que le prometió entregarle el dinero tan pronto lo ganase. Era un tipo bastante repugnante que apenas sabía malhablar, vacío, seco e insensible como la madera vieja. Tío, en cuando eche una mañana tocando te pagaré, y contestaba Sí, SÉ que me vas a pagar, y añadía Todos me dicen que le he fiado al pirado, ¿entiendes?

Después de charlar y reírnos un rato, y beber más cerveza y desear a las chicas que se exhibían e interpretaban el mismo y único papel, se despidió aludiendo que había quedado con un yonqui marroquí para fumarse una base. ¡Vente, Uli, no se hable más!

Decidí acompañarlo, pero sólo en el espacio. Llegamos a aquella esquina donde, como individuos de una raza internacional, se entremezclaban compradores y vendedores con la misma parsimonia que en todos sitios, y esperamos. Por supuesto el yonqui no se presentó. Es muy fácil timar a Alex a cambio de pequeñas minucias materiales, es el precio a pagar si se quiere permanecer ajeno a la basura circundante, al Detritus, que todo lo tiñe de marrón. Vagar alimenta, derrochar sumerge en una deriva plácida.

Cuando me volví a marchar para proseguir mis estudios, me preguntaba cómo me lo encontraría la próxima vez, cuando regresara definitivamente. Aquella navidad, en alguna de sus noches, compartí versos con Fernando y Rogelio, que por aquel entonces forjaban el nacimiento del grupo, pero yo aún no estaba en condiciones de darme cuenta de nada que no fuera un baile de candilejas.

Nuestro siguiente encuentro tuvo lugar poco después de finalizar mi estancia en el extranjero, pero no difería demasiado del anterior. Casi amaneciendo, entré en un antro sucio que solía frecuentar por aquel entonces. Solía estar lleno de crápulas y supervivientes de la noche, entre depredadores no resignados a la abstinencia sexual y ansiosos cocainómanos, estudiantes porretas, cantaores, y seres anémicos en general. Aparecí solo, medio borracho, ensimismado en la búsqueda rapaz, y avisté entre la gente, sentado en un rincón, apenas perceptible, a Alex, que vegetaba solitario con la guitarra enfundada, con la vista fija en el más allá, los ojos tintos en sangre, la ropa sucia, ojeras, demacrado; como una gaviota desaliñada a quien, volando a ras del mar, hubiera sorprendido una gran ola y la hubiera lanzado contra la arena de una playa llena de algas. Un vampiro deprimido. Un búho hambriento. Me acerqué hasta él con sigilo, con una cautela acorde con su aire de ermitaño místico.
- ¿Qué tal, Alex? ¿Cómo andas?

Él me miró con cierta ternura, incapaz de articular palabra. Su mirada lo expresaba todo como si fuera su eficiente secretaria y, a través de ella, pedía disculpas por ser incapaz de relacionarse con los demás de acuerdo con su propio deseo, que era ser una delgada peonza que bailara en el centro de la sala. Yo no quería eso, de todos modos.

Le pedí que tocara, y con cierta resignación desenfundó perezosamente la guitarra, con parsimonia. Es el precio a pagar. A la guitarra apenas le quedaban cuatro cuerdas, pero eso no pareció ser un obstáculo mayor que su desgana inicial. Empezó a tocar un rock-blues, al principio tímidamente, pero pronto se dejó seducir por sus propias ganas de juego y la sangre se le fue calentando por momentos, y el calor iba calmando el dolor de sus articulaciones rasuradas por la falta de agua. De su interior entumecido parecía manar de la nada una energía que rebotaba en todos nosotros y se amplificaba, y recalaba en Alex que a su vez la devolvía renovada y más intensa. Nacía de su desgarro físico, y decidí que era su sed la que cantaba y que Alex quería una fiesta con reglas de parchís y fichas con sonrisas de arlequín.

Mientras tanto despuntaba el sol, y una chica me ofreció marihuana, así que la acompañé a su coche, aparcado cerca, donde tenía el material, ya que me quería regalar un montoncito.

Estaba ella rebuscando dentro del coche cuando reapareció Alex.

- Sea lo que sea, yo también quiero, ajá.
Y en ese momento, de la guantera del coche, cayó una bolita de papel blanca.
- ¡Arrea! ¡El medio que no encontraba antes!- gritó sorprendida la chica, mientras sostenía en la otra mano la marihuana recién encontrada, la marihuana cuyo olor se podía percibir a dos metros de distancia.
- ¡Bien! Nos vamos a volcar toda la farla, pero la marihuana- y en esto me puso en la mano un generoso montoncito- no quiero que os la fuméis delante de mí, ¿de acuerdo?, es demasiado fuerte y paranoica.

Yo le dije que ningún problema, y ella empezó a realizar las labores pertinentes sobre un CD. Alex, recobrado por la música y la expectación, no cabía en sí de gozo.

- ¡Siiii, Uliii, siii! ¡Vamos a flipaar! ¡No se hable máaasss!

Tras varias horas de levitación extraterrestre, en las que incumplimos la promesa que le hicimos a la chica, en las que Alex dio muestras de su habilidad para sostener en el aire una pompa de jabón inexistente, en las que nos asociamos con otro chico que parecía otra urraca desplumada, nos fuimos a otro antro donde ya sólo pudimos compartir nuestro estado vegetal. Después de que Alex y el recién llegado pasaran dos horas durmiendo sobre la mesa de billar, decidí despertarlo.

- Alex, anda, vámonos a casa.

Cogí su guitarra, lo reanimé como pude, y salimos de local dejando atrás a nuestro amigo en sus dulces sueños. En la calle lucía el sol del mediodía. Caminamos juntos y en un determinado instante nos separamos por nuestras respectivas direcciones. Decidimos quedar para tocar. Conforme llegaba a casa, el exceso de luz me provocaba dolor de cabeza. La inercia te hace sentir frágil y volátil.

Así, a paso de hormiga, a hormigueantes escalofríos sucedidos uno tras otro, en espacios temporales cada vez más cortos, los saltos minúsculos se iban acumulando, y la distancia recorrida se iba haciendo cada vez más larga y peligrosa, hasta alcanzar una talla de gigante. Hasta que eso llegara, nada más que primavera y mañana fresca. Aunque nadara en barrizales, aunque el hielo congelara los huesos y los ojos lloraran de frío. Aquí, primavera y mañana fresca. Y el cálido abrazo del sol y el olor de la hierba y el baño de rocío de los amaneceres. Y aunque no ignorara que mi fuerza fuera limitada, que mi conciencia luchara por despertar del sueño, proseguía mi camino. Y no hay más que primavera. Olía los cuerpos por las avenidas. Las chicas me parecían signos de un lugar mucho más grande, como los vínculos de una página web, como si fueran oráculos que me hablaran de ese mundo sin saberlo. En este contexto las drogas apaciguaban. La conciencia, ¿a quién le hacía falta? Vivir en un sueño, hablar extasiado, sonreír con la mirada perdida, herir, siempre a merced del azar y la providencia, cuando todo es grande y brillante; ser insensible, intratable, negar todo compromiso con nada ajeno a la fuerza de las emociones. La solución estaba dentro de mí, en la punta de la lengua, pero la lengua se iba a tomar su tiempo. Bailar, sobre todo, bailar.
Así, poco a poco, Alex y yo nos fuimos viendo en circunstancias más humanas. Solíamos quedar para tocar la guitarra, pero era inevitable que acabáramos dejándonos llevar de nuevo por la corriente de las nutrias perezosas. Me relajaba, y no dejaba que nada enturbiara mi ebriedad de independencia, las cosas se complicaban, se daban situaciones comprometidas, reproches novelísticos, coincidencias terribles.
Lo importante era no forzar la máquina, que no bajase el zumbido de la cabeza, y no dejar de intentar evitar el contacto con el suelo.
Era una vida muy densa, y como en todo lo denso, las rosas y los cardos se miran de cerca, a los ojos, y no se gustan, y les desagrada el aliento de unas y otros.

Diatriba Nº 3: No Fun


A veces coincide en un punto el derrumbamiento de todos los pilares que sostienen una plácida vida entregada al capricho de la marea. La inercia acaba al final despertando, sobresaltada, al desastre. Caminar hecho de arriba a abajo una bruma, acabar siendo inasible como una brizna de vapor: es entonces cuando se empieza a sentir con distancia, cuando se pasea distraído y se observa, y se toca e incluso se rompe los figurines de cerámica blanca que adornan las vitrinas abiertas de la antesala de la abulia. Justo entonces todo pierde su carácter voluptuoso. Después, todo va cediendo poco a poco al diapasón del silencio y al metrónomo de la rutina. Todo se va tiñendo de amarillo-muerte.
El estallido del llanto contenido, cuando todo afecta, todo espanta o fascina, todo quema o hiela; la salida al aire fresco en forma de parto doloroso; volver a nacer, de la indolencia al dolor, a respirar el aire, ahora limpio y fresco, ahora libre del rancio olor de la humedad podrida. Volver a nacer para levantar el puño, dispuesto a hablar, dispuesto a hacer, dispuesto a volver, cuando queda obsoleto el vuelo en falsa vigilia; volver a nacer, pero ante todo, antes de nada, antes de reparar la mentira de ayer, llorar, sobre todas las cosas, llorar arroyos de cansancio y alivio.


Derramo versos cuando me deslizo por tus bocas. Escupo mi verbo sobre tu vid que es tu verbo. Nada, sin embargo, esclarece el misterio de tu mirada obvia, salvo el misterio mismo, así que canto el misterio de tu misterio; renuncio a saquear tu templo, que emite la luz de mis latidos. Este es el telégrafo del ansia. Mis palabras son puntos y rayas, mis palabras son interrogaciones. Mi historia es una interrogación. No busques respuestas ni puntos finales, pared. Yo describo el misterio, me deslizo por la gelatina de lo desconocido. Yo dejo a la sombra ser sombra y observo cómo la sombra lo es, y la abrazo como a la mayor de las verdades.


Y las líneas del telégrafo coincidieron de pronto en un punto en el espacio y tiempo, un punto de inflexión, un punto de crecimiento, de conciencia, donde levantarse y mirar los haces de luz que antes permanecían ocultos. Y ahí sembraría el lecho de hierba donde te revuelcas y te derramas mientras me hablas, mientras mi mirada se balancea en la tuya, y se contonea.

Historia de una gota de agua

El aire penetra la cortina, y en su áspero roce contra el frío libera la ráfaga su carga de agua en la vertical del vaso de mi mano.

Te miro, dormida, y en tus párpados reside la calma veraniega de la pulpa dulce y fresca de melón bajo tu piel bien escondida.

Lánguida de calma nocturna, yaces desnuda entrelazada sólo en parte con la sábana.

Lo descubro justo a tiempo de que la gota alcance silenciosa el final de su trayecto de cristal, como un reloj de mi mirada vertida en ti como un baño de ojos y luna.

Tomo el vaso, y tintinean como choques de campanas los hielos, y riego tu mejilla dormida con la gota que me trajo el viento como dije, justo a tiempo, como una lágrima vertida para ti por un mensajero del cielo...

... destellantes arenas blancas, como estrellas, llueven néctares en el aire de esta noche y este lecho...