jueves, 31 de julio de 2008

martes, 29 de julio de 2008

Los Patos de la Verdad

Marcus era representante de una empresa fabricante de sacacorchos. Eso sí, unos sacacorchos cojonudos: con ellos toda posibilidad de que el tapón se rompiera o se introdujera dentro de la botella para drama y escándalo de los enólogos auto-pajos dejaba simplemente de ser. Si bien siempre le pareció que lo aparatoso del instrumento no compensaba la erradicación de tal eventualidad, su jefe opinaba lo contrario y veía en esa característica del producto un incentivo comercial.

- ¿Por qué van a comprarse un sacacorchos que cabe en el cajón de los cubiertos si pueden adquirir uno que precisa ser instalado en la pared, pesa cinco kilos y tiene una palanca de un metro de envergadura?- le decía siempre. Ante argumentos así no podía objetar nada.

El caso era que, como representante comercial de la firma, no tenía precisamente una fe ciega en las bondades del producto que tenía que promocionar, y ello le preocupaba.

Aquel día lo habían enviado al barrio de renta per cápita más alta de la capital, lo cual era casi decir del país: su jefe confiaba en poder promocionar su sacacorchos en lugares en los que ni el espacio ni mucho menos el dinero constituyeran un problema. “Y los memos lame-barriles ven en esta forma de vida una Meca a la que emigrar”, añadió. Así que allí estaba, ya había vendido tres modelos (dejando a los ociosos compradores emocionados con la taladradora y los espiches ante la mirada lujurioso-reprobadora de sus esposas) y tres de cinco intentos era un buen porcentaje. Tendría que tomarse más en serio las ideas de su jefe en lo sucesivo, entre ellas su predicción según la cual “cada familia necesitará, tarde o temprano, una campana de metacrilato en sus casas”, a lo que añadía “y yo se las proporcionaré”.

Llegó ante la mansión más grande de las que había visitado hasta el momento por recomendación de la esposa del último comprador, que ya le había advertido sobre su dueño.

- Es un tipo muy excéntrico. Ha construido unas marismas artificiales en sus terrenos y se dedica a cuidar a las aves migratorias que, desde hace algunos años, paran siempre allí para descansar.

Cuando abrió la puerta, el mayordomo lo condujo al jardín, donde estaba tomando un café, bajo la sombra de unos tilos, el anfitrión. Junto a su diván había un pato, un pato poco común. Lo identificó enseguida.

Como buen practicante del “desagüe de tiempo”, sus tardes de documentales de animales le habían proporcionado unos inesperados conocimientos en zoología que de cuando en cuando lo sorprendían agradablemente. Aquel pato pertenecía a la rara especie de los Patos de la Verdad. Estos se caracterizaban por reconocer inmediatamente a cualquier mentiroso mediante una mirada atenta e inquebrantable que solía ir acompañada por el levantamiento de una de las patas, permaneciendo así en equilibrio sobre la otra. Y cuando alguna mentira era formulada o pronunciada ante ellos, protestaban con interminables graznidos. Con las mentiras eran totalmente intolerantes estos patos. En lo demás, eran iguales a los demás, salvo por su características dos plumas azules que parecían imitar unas frondosas cejas sobre sus ojos, plumas que habían permitido al vendedor identificar aquel ejemplar inmediatamente.

- Siéntese, caballero- dijo amablemente el potencial cliente- ¿en qué puedo ayudarle?

El pato, en cuanto vio a Marcus, se giró hacia él y se puso a mirarlo fijamente. Sus plumas azules parecían un calco exacto de un ceño fruncido.

- Bueno, soy representante de la firma “Pull and Wine”, fabricantes de unos sacacorchos muy particulares- le pasó una serie de folletos con fotografías y esquemas del aparato.

Mientras analizaba la información con atención, su pato levantó su pata derecha y se quedó, en perfecto equilibrio, con la misma expresión, congelado en su mirada hacia Marcus. Él, a su vez, se preguntaba si el anfitrión conocía las características de la especie a la que pertenecía este individuo, que lo estaba poniendo en una situación bastante comprometida.

- Parecen muy interesantes...- dijo tras un rato de silencio.
- Sí, yo soy de la misma opinión- contestó sin pensar. Cuando se dio cuenta ya era tarde.

El pato comenzó a proferir en interminables graznidos. El dueño, sin embargo, actuaba como si nada ocurriera. Las protestas del animal parecieron alertar a sus compañeros, que fueron llegando volando desde detrás de un muro de gardenias. Ahí debían estar instaladas las marismas artificiales de las que le había hablado la vecina, pensó Marcus. Todos los patos de la verdad fueron llegando y todos miraban a Marcus acusatoriamente, con sus patas levantadas, mientras el primero seguía su discurso.

- ¡Cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack...!

- Malditos patos...- continuó el dueño- hacen siempre lo mismo con mi mujer... Por cierto, ¿no desea tomar algo, una copa, quizás?
- No, gracias, nunca bebo en horas de trabajo.

Los patos empezaron, todos, a lanzar graznidos de protesta sin parar. El jardín estaba lleno de patos por todos lados que miraban severamente a Marcus, en equilibrio sobre una pata, y armaban un estruendo horrible que hacía imposible mantener una conversación.

- ¡Cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack, cuack...!

- ¡Creo que mejor vendré a verle en otro momento, me encuentro algo indispuesto!- gritó Marcus para que el anfitrión pudiera oírle (pues acusaciones tan a las claras le resultaban insoportables), pero olvidó que excusarse en una mentira (su indisposición) era más insoportable aún para las anades.

Los patos subieron el volumen hasta lo intolerable y Marcus salió corriendo de la casa con las manos en los oídos, tomó el coche y se largó a toda velocidad del barrio. Los patos callaron y regresaron a su vida normal.

- ¡Lástima!- comentó el millonario a su mayordomo- estos sacacorchos me interesan para mi cadena internacional de hoteles. De memos está el mundo lleno...

Y siguió con su café.

lunes, 28 de julio de 2008

Carta de dimisión

Estimado señor ministro,

Desde que se me encomendó la difícil (y pionera) tarea de dirigir y gestionar la nueva Prisión para Convictos de las Artes Escénicas (PCAE) me he entregado con plena dedicación a la consecución de los objetivos con que nació esta honorable institución, o sea, la represión de los instintos antisociales propios (y en muchos casos, endógenos) de los que se dedican al mundo del espectáculo (música, danza, arte dramático y otros subgéneros, por lo general producto de un hibridismo entre algunos de los anteriores o todos), y la reinserción de estos individuos en la sociedad si las circunstancias y la evolución de su sintomatología lo permiten. Si bien he de admitir que llegué pecando de exceso de optimismo, aún así he de resaltar que una de las conclusiones a las que he llegado tras estos meses de experiencia es que la tarea, que sobre el papel parece razonable y viable, es en la práctica una labor titánica y tediosa en la que en varias ocasiones me he visto al límite del desbordamiento.

Cuando llegué al PCAE fui recibido por todo el personal de la prisión, y el subdirector se encargó de mostrarme todas las instalaciones. Al llegar al fin al ala de las jaulas de los prisioneros (con dispositivo eléctrico en el suelo para cualquier ocasión en la que un tratamiento de electro-shock quiebre una incipiente rebelión artística), la situación superó con creces todo lo que pude haber imaginado y, de hecho, se hubo que tomar ya sobre el terreno algunas medidas marciales. Los prisioneros, lejos de aceptar su condición y de reprimir sus impulsos, se comportaban de tal manera que pasear entre todas esas jaulas daba la oportunidad de contemplar a la perfección todos los problemas que socavan el futuro de la escena española como si de una exposición se tratase.

Así, en la primera jaula que me mostraron, mientras uno de los pacientes se emocionaba contemplando el vuelo de una mosca hasta llorar de solidaridad (el llamado delito de hipertrofia sensitiva), el otro empezó a improvisar a partir de su desesperación por la cautividad un monólogo pretenciosamente Shakesperiano, burdamente sobreinterpretado, mediante el cual reincidía en el delito de destrozo interpretativo-masturbatorio de una obra literaria: “¡Mi talento por un minuto de libertad!”, con lágrimas y gimoteos y gritos con gallos... ¡intolerable, vamos!. Ordené, y estoy seguro de que están de acuerdo con la medida, que se les diera diez descargas inmediatamente a los dos, tras las cuales durmieron un rato, más tranquilos.

En la siguiente jaula tres prisioneros discutían abiertamente sobre la conveniencia (o no) del famoso método de Stanislavsky (delito de reiteración hortera-exhibicionista de un debate-tipo). Precisaron veinte descargas para hacerlos callar. La siguiente jaula y lo sucedido en ella, en fin, creo honesto admitir que el error fue nuestro. Metimos a demasiados actores juntos y acabaron copulando unos con otros de manera desenfrenada; lo obsceno del asunto no era eso, no... lo obsceno estaba en que no se fijaban los unos en los otros, sino que, mientras uno (o una) le daba por detrás, otro (u otra) por delante, y el individuo a su vez devolvía con la misma moneda a otro (u otra) prisionero (o prisionera...), ellos, en lugar de recrearse en el deseo de la otredad (característica del sexo sano), se dedicaban a la atenta e intensa contemplación de su propio cuerpo, adoptando posturas y gestos del ballet (delito de auto-sublimación mediante la masturbación-semi-copúlica-híbrido-artística en persona-muñecahinchableizada). Como sumaban quince personas en total, sus gritos y protestas no cesaron hasta la descarga número 50, pues algunos evitaban el contacto directo con el suelo saltando sobre sus compañeros, y hubo que utilizar porras electrificadas por entre los barrotes para que bajaran de nuevo al amable piso.

¿Y qué decir de esos que hacen siempre de sí mismos? En la siguiente jaula un “actor” empezó a ensayar la obra que llevaba entre manos y su papel resultó ser idéntico al de la obra que había interpretado anteriormente. El hecho de que en la anterior fuera un candelabro taquígrafo y en esta Dios (ensayaba la introducción de Fausto, de Goethe), ilustra a la perfección el delito al que nos referimos (consideración ególatra sobre la validez relativa de dos caracteres en una coexistencia solidaria). Mientras le dábamos las veinticinco descargas que fueron necesarias no paraba de decir “¡Yo no sobreinterpreto, yo no sobreinterpreto!”... difícil explicarle el verdadero motivo hasta que se calmó.

La otra subespecie degenerada del oficio eran los reformadores de textos y caracteres. Cuando llegué a su jaula, me indicó, muy razonablemente, su portavoz:

- Yo creo que si, en vez de dar los dos toques matutinos de sirena de rigor para despertarnos, diera tres, sería más apropiado y simbólico, como la Santísima Trinidad que...

Hice tan sólo un gesto con el dedo al operario y comenzaron las descargas. Hizo falta quinientas, porque nos interrumpían sugiriéndonos otros tiempos, otros voltajes más adecuados...

Lo dramático de la situación es que no he logrado ningún resultado (he observado, eso sí, que desde hace algunas semanas algunos prisioneros brillan en la oscuridad) y sus patologías y actitudes criminales persisten en el mismo grado en que las hallé cuando llegué a este centro, aunque los prisioneros presentan más quemaduras. Mi sensibilidad no tiene tanto aguante y electrocutar a tanta gente todos los días durante tanto tiempo está haciendo merma en mi energía y, lo que es peor, en mis convicciones.

Seguro de que ya no puedo ejercer mi labor con el rigor necesario, le presento mi dimisión esperando de corazón que la acepte.

Atentamente,

Rulfo Pediastrina

viernes, 25 de julio de 2008

La pedida de mano

El matrimonio Bermúdez se dirigía al hotel Alfonso XIII lleno de expectación y emoción.

- ¡Dios mío!- pensaba ella- ¡El Hotel Alfonso XIII, qué distinguido!

Y no era para menos. Toda aquella situación parecía la culminación de un proceso de cría y educación impecable. Su hija Minerva había seguido los pasos por ellos programados con plena rectitud desde el mismo momento de su nacimiento. No fue un bebé llorón, no sufrió enfermedades, comía debidamente, fue una niña obediente y de buen corazón, llevó sus estudios con un sentido de la responsabilidad envidiable y no sufrió crisis adolescente; por el contrario, se involucró fervientemente en las actividades de su parroquia y cofradía y no puso pegas en estudiar la carrera que ellos le indicaron (empresariales). Todos estos méritos la hicieron digna de su confianza para marcharse a Alemania con una beca erasmus en su último año universitario trayendo como resultado la consecución de la licenciatura al no tener problemas de convalidación de asignaturas (precavida, se matriculó en más de las necesarias para asegurarse acabar así su vida de estudiante sin retrasos). Y fue precisamente en Alemania donde conoció al hombre que eligió como marido: el Duque Maxwell von Pollendorf.

- ¡Nada menos que un Duque! ¡Un Grande de Europa!- seguía recreándose con emoción- ¡Qué lista ha sido! ¡Cómo me miran las vecinas desde que lo saben!

Así que sus miedos por que adquiriera amistades perjudiciales cuando, años atrás, Minerva salía con sus amigas de Los Remedios por las terrazas de El Puerto de Santa María (donde tenían el chalet en que veraneaban) estaban infundados. Y, al fin y al cabo, si bien ella nunca había impedido que la niña estudiara, siempre había sido de la opinión de que una señora respetable vive de la fortuna de su marido (como ella), y de que la virilidad para colmar las necesidades de una dama de tal linaje sólo la puede proporcionar un hombre hecho y derecho con una edad que aventaje en al menos diez años la de la consorte. Y qué bien había elegido a su futuro yerno, nada deslucía su sueño inconfesado, todo era, sencillamente, perfecto.

Su padre también brillaba por la emoción. Tarde o temprano la fortuna les brindaría un cortijo, una ganadería taurina (el sueño de su vida), palcos de honor en la Carrera Oficial, invitaciones a las mejores casetas de la Feria, tiempo para poder ir al Rocío sin reparar en gastos; en resumen, una vida calmada y distinguida y la gloria de codearse con la flor y la nata de la sociedad no ya española, sino europea.

- ¡Qué sensata ha sido siempre esta niña!- pensaba él- ¡Qué dignidad ha mostrado siempre en todos los aspectos de la vida!

Vestidos como iban de gala, llegaron al hotel, donde conocerían por fin al afortunado, quien, al parecer, aprovechando que estaba en Sevilla comprando toros para llevárselos a una de sus vastas posesiones alemanas (algo, por cierto, considerado una excentricidad por su familia) quiso formalizar las relaciones con la familia. Minerva había preferido que fueran sin ella (lo consideraba más formal), pues estaba segura de que con su encanto personal el Duque los seduciría enseguida (“¡Me ha descubierto todo un mundo de sensaciones nuevas, mamá!” le había repetido innumerables veces mientras le cogía las manos y se le saltaban las lágrimas de la inmensa alegría que la invadía).

Ignoraba que ya estaban seducidos: ante el temor de que se tratara de un pájaro que buscara emparentarse con el incomparable empaque de una distinguida familia de clase media-alta sevillana, y haciendo honor al sentido de la dignidad que necesariamente va parejo a esas virtudes, investigaron al Duque para asegurarse de que su fortuna seguía intacta y consiguieron incluso alguna fotografía (había salido, aunque de pasada, en alguna revista del corazón, para regocijo total de la madre ante las nuevas expectativas que se le abrían) para comprobar que no se tratara de un impostor.

El Duque les esperaba en uno de los salones, a donde fueron conducidos una vez se identificaron en el Hall (“Señores de Bermúdez”, “Oh, sí, tienen una recepción con el Duque Maxwell von Pollendorf”), y al llegar lo reconocieron enseguida (para final y total satisfacción de ambos, lo más parecido a un orgasmo simultáneo en sus treinta años de matrimonio): vestido con un frac, con un reloj de bolsillo de oro y luciendo un monóculo, ¡justo lo que habían esperado!

- ¡Oohh! ¡Qué memento más espegado pog yo!- les dijo a modo de saludo el Duque- ¡Pog fin conossco a los padgues de tan magavigliosa cguiatuga! ¡Cgeo, sin duda, que he adquiguido una magnífica ges en este día!

¿Res? La madre se quedó un poco extrañada por ese término. ¿Estaba llamando res a su hija ese señor?

- Tranquila- le susurró el padre a la madre, al adivinar su turbación, mientras le acariciaba el brazo que descansaba sobre el suyo- sin duda se refiere a los toros que está comprando...
- ¡Ohhh!- continuaba el Duque, dirigiéndose ceremoniosamente a la madre- Usted es la madgue... ¡LA MA-DGUE! ¡Usted es la agtifise de tal pegfección en la educasion de una mujeeeg...!- dijo culminando con una sonrisa algo pícara- Espego podeg gozag de su sabiduguía al final de esta velada, señoga.

La madre sintió una incipiente desconfianza por el Duque, pues intuía algo oscuro en sus palabras y en sus alusiones; luego pensó que así es la nobleza europea y que seguro que al final se acabarían entendiendo.

- ¡Oh! Creo que exagera usted mis virtudes, Duque.
- ¡Nada de Duque, señoga!- dijo enérgicamente- ¡Simplemente Max!
- Bueno, pero al fin y al cabo se trata de un Grande de Europa

Max se quedó absorto unos segundos. ¿Grande de Europa? Él conocía a los Grandes de España, pero nada más. De pronto se dio cuenta de a lo que se refería la madre.

- Ah, los glandes de Ebropa, sí- en esto la madre y el padre se quedaron estupefactos- Tiene usted gazón y grande conosimiento. No debería udsted de seg tan humilde- y en esto le guiñó un ojo con picardía.
- No... no entiendo...
- ¡Vamos, que sí! debo confesag que mi glande es uno de los más podegosos de Ebropa, de cuyo podeg y elocuensia bien ha podido disfgutag su magavigliosa Minerva. ¡Oh, qué buen trabajo hisió sin duda usted! Su magido debe estag muy satisfecho de sus fechogías, je, je, jeeee... Pues sobga desig que conosco de pgimega fila, como disen ustedes, las enseñansas que le ha tgansmitido a su hija.

El matrimonio hacía ya rato que se había quedado sin palabras.

- ¡Jaa, ja, ja! ¡No sean tímidos! A mí me gustagme muy mucho cómo ella pgagticag las felasiones, cómo sus tuggentes labios acagisiag mi glande de Ebropa, je, je, jee, con qué sumisión ella tragag mi simiente y aceptag que la visite pog el lugag favogito de los giegos y espego que usted me pgmita disfgutag de pgimega mano de las habilidades de tan expegta depogtista e instrugtoga...

(...)

(...)

(...)

jueves, 24 de julio de 2008

El paquete arrugado

- Cariño, tengo graaandes noticias para nosotros dos: me han despedido del bar.

Ella se quedó con la expresión congelada, como si le hubieran tomado una instantánea. Estaba sentada a la mesa del salón, entre los cojines del sofá, rodeada por los trozos de un jarrón de porcelana que intentaba reconstruir con cola. Con su mano sostenía un palillo de dientes que utilizaba para aplicar el pegamento. Lo sostenía entre el dedo índice y el pulgar, con una mezcla de escrúpulos aprensivos y de meticulosa precisión. Sergio la sorprendió cuando procedía a atacar su labor forense entrando a matar con su utensilio, a la altura de sus ojos, y así se quedó. Los tenía abiertos como platos y, al verle, adquirieron un brillo de sorpresa-fastidio, mientras su boca empezó a abrirse lentamente con el mismo movimiento imperceptible del minutero de un reloj.

- Un molesto incidente con un cliente quejica- empezó a explicarse ante su ademán inquisitivo- Los funcionarios, cuando desayunan, lo hacen con la misma gravedad y seriedad con la que piensan en el suicidio sentados ante sus mesas en sus oficinas; por eso el menú tiene un sentido funerario.

Pendulaba por la habitación mientras le contaba la historia, y al final se detuvo y tiró la chaqueta a un sofá junto con su cartera de petróleo, llena de porquerías, todo ello con un natural desinterés.

- Sinceramente- continuó- me interesa más saber cómo has roto ese jarrón que conocer tu curiosidad por el pequeño altercado de esta mañana. No me gusta la prensa sensacionalista, tampoco en la pareja.
- ¡Qué graciosillo eres!- contestó toda iracunda Malena, que hasta entonces lo había acosado con los ojos por toda la estancia, sin alterar un ápice ni su postura ni el tono de su mirada salvo para moverla dentro de los límites de sus cuencas oculares.

Llegó el silencio. Se sentó ante ella en el otro sillón y se puso a mirarla con ojos inexpresivos y una incipiente sonrisa en las comisuras calculada para no dejar nunca de ser incipiente. Al cabo de unos segundos, Malena soltó el palillo, resopló, encendió un cigarrillo y se acomodó en el sofá posando los pies descalzos sobre él y abrazando sus propias piernas plegadas. Volvió a mirarle.

- Estaba jugando con el perro mientras se hacía el café- dijo con una tranquilidad sarcástica- Ya hacía un rato que te habías marchado. Le tiré la pelota a la pared pero me falló la puntería.
Sergio se levantó sin decir nada, fue al dormitorio, tomó las zapatillas de Malena y regresó. Al pasar junto a ella las dejó caer en el suelo y volvió a su sillón.

- Yo no llamaría “fallar” a eso precisamente.- dijo señalando al montón de trozos que estaba apilado sobre la mesa.- Una gran obra, me hubiera gustado verla.

La miraba a los ojos con falsa jovialidad.

- No deberías andar descalza ahora, la cerámica corta mucho...- añadió, señalándole las zapatillas.

- Manda cojones...- murmuró Malena. Fumaba expirando el humo con resoplidos de continencia. Se esforzaba por no estallar demasiado pronto. Volvió el silencio.

Malena estaba preciosa con su camisón en esa postura, pero sus ojos reflejaban enfado y, a la vez, terror. Por eso no se atrevía a decírselo, porque ella no podía comprender que se pudieran tener sentimientos tan contradictorios y, algunos de ellos, tan fuera de lugar.

- ¿Y bien?- preguntó para entrar en el tema.
- ¿Y bien qué?- dijo Sergio para irritarla.
- ¿Cómo ha sido? ¿Es definitivo? ¿Qué piensas hacer ahora?

Se quedó pensativo unos segundos.

- Lo único importante es que es definitivo. No hay duda de que lo es. La manteca colorada ha tenido la culpa, todo lo demás es palabrería aburrida. Un cliente quejica al que he puesto al día sobre lo que importa y lo que no. Su tostada lapidaria precisaba de margarina. Si te digo la verdad, no tengo ni idea de qué es lo que voy a hacer en lo sucesivo.
- ¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Por fin has jodido las cosas! ¡Estarás contento! Joder las cosas es lo único que se te da bien, deberías ser militar, o político, o...
- ... empresario, ¿no? Como siempre te he dicho, tienes una inventiva muy poco aprovechada para dar soluciones a los problemas de la gente...
- Maldito gilipollas...

Sergio se levantó y empezó a deambular por la habitación.

- Escucha, por favor- dijo anunciando una amenaza o algo muy serio, mientras se veía obligada a seguirlo con la mirada de un extremo a otro del salón paulatinamente, y no por casualidad.
- Te estoy escuchando- contestó, y se paró a mirar por la ventana que daba a la avenida, dándole la espalda.
- No podemos seguir así.
- Claro que podemos...- dije con una melodía monótona y cantarina de anuncio de televisión infantil, mientras remataba el ritmo martilleando con los dedos sobre el cristal.
- Puede que podamos, pero yo no quiero hacerlo.

Siguió mirando hacia la calle. Un escalofrío de incertidumbre le recorrió el cuerpo, pero intentó disimularlo mostrándose lo más insensible que pudo. Lo real siempre asusta, pensó. Los cambios verdaderos producen un terror de abismo. Hay que enfrentarse a ellos, vivirlos.

- Oh...- dijo tras un rato de silencio. Luego se arrepintió, en silencio, también.

- No es por lo que crees- siguió Malena- No me importa ni el dinero ni el trabajo ni nada de eso. Es por tu carácter, tu situación. Sergio: no puedes seguir así, eres un anciano cascarrabias con sólo treinta años. No quieres hacer nada más que destruir. No hace falta que me cuentes lo que te ha pasado en el bar: lo puedo ver clarísimo. Has aprovechado el incidente para dar rienda suelta a tu enfado con todo el mundo. La has armado y, además, te sientes muy orgulloso, se te nota en la cara. Pero eres un héroe de cloaca, nada más. Yo quiero construir, ¿me entiendes? Destruir me aburre, ya estoy harta de verte romper todo lo que te rodea.

A veces resulta muy fácil hacer ese tipo de recriminaciones, se dijo Sergio, sobre todo después de haber roto el maldito jarrón, algo que en realidad era de agradecer, gracias. Le tentó la idea de decirle que un supermercado mundial no es la idea que tenía de algo constructivo, que no era esa el tipo de empresa o causa a la que se uniría y a la que aportaría su imperceptible grano de arena; que ella tenía, además, evidentemente, enormes proyectos de futuro instalada en su cómoda posición de artista parada desde la que le recriminaba su falta de pragmatismo.

Sin embargo, soltarle todo eso le pareció demasiado cruel y dañino, así que se mordió la lengua. Ya soltaría toda esa mierda cuando otro cretino desconocido le viniera a fastidiar con sandeces sin importancia, como la manteca colorada. Pensó entonces en contestarle que su obra artística era precisamente algo “construido”, pero sabía que le contestaría que no construía sino bombas para destruir el arte y, lo peor de todo, bombas que nadie quiere, que a nadie interesan. Lo mirara por donde lo mirara, tenía razón. Sergio tenía vocación de destructor.

Recordó que cuando era niño e iba a la playa se dedicaba a aplastar los castillos de arena que los otros niños hacían con mucho trabajo. Había utilizado en su obra los castillos de arena como metáfora de las falsas esperanzas siendo ya adulto, algo que le resultaba, como menos, curioso. Cuando esos niños lo atrapaban le pegaban como se pega a los monstruos o a los locos, y Sergio gritaba y los insultaba y sufría un ataque de ansiedad tirado en el suelo, sin apenas respiración. Entonces dejaban de pegarle porque se asustaban. Supuso que ya entonces le gustaba más el teatro que la escultura.

Pensó que nada de eso había cambiado esencialmente hasta ahora.

Estaba seguro de que todo el mundo sabía que había algo anormal en su cabeza. Su madre le solía advertir sobre su conducta cuando la familia iba de visita.

- Compórtate como lo que no eres- le decía.

Es difícil cambiar cuando no se quiere (seguía pensando al ritmo de los autobuses de la avenida) cuando a pesar de los esfuerzos siguen sin resultar convincentes los mejores argumentos de las personas cercanas y bienintencionadas. Parecía que Malena quería que fuera otra persona, una persona mejor, pero era entonces cuando ella se presentaba ante sus ojos como un niño cruel más, como una cómplice de sus agresores de la infancia. Se sentía traicionado, aun siendo consciente de que no merecía otra cosa. ¿Cómo se puede ser leal a alguien que destruye todo lo que toca?

Sí, se dijo, el mundo ya estaba hecho cuando nació, y a la gente le molesta que reduzcan a añicos su trabajo. Así son las cosas y de igual manera así era él. Construir algo así como un proyecto, un negocio, una obra comercial, dolía como amputarse un miembro, como suicidarse, como hacer insulsa la propia vida.

- Haz lo que creas justo- le dijo.
Y eso hizo.

- Creo que voy a volver a mi casa. Estoy un poco saturada. Me resultas agotador.

Mientras ella recogía sus cosas, Sergio fumaba cigarrillo tras cigarrillo, con porros intercalados, esperando sentado en el sofá. Acababa de coger el último cuando cerró la puerta tras un escueto “Que te vaya bien”. Lo rompió, se lió un porro bien grande y, cuando lo hubo encendido, estrujó en sus manos el paquete vacío hasta reducirlo a un manoseado amasijo de cartón decolorado. Lo tiró para que el perro fuera a recogerlo y entonces reparó en que se lo había llevado Malena.

El paquete estrujado se quedó rebotando solitario por el suelo.

Estaban solos los dos.

lunes, 21 de julio de 2008

Cicuta-sorpresa



Hacía una mañana preciosa. Se había levantado extrañamente lúcido. Ahora lo tenía claro: la amaba profundamente, como si fuera parte de su piel. Sí, se trataba de una conclusión definitiva. Había estado ciego y confuso desde hacía algunos meses, pero iba a reaccionar a tiempo. Ella era maravillosa y la paciencia y constancia que había demostrado al soportarlo durante este tiempo iban a ser recompensadas: le iba a pedir que se casara con él. Ahora sería suyo para siempre, ya no metería la pata nunca más. Caminaba totalmente risueño por haber tomado la decisión. Parecía mentira lo sencillo que había sido en realidad darse cuenta de la situación y decidirse. No entendió por qué no lo había hecho antes.

Salió corriendo hacia el lugar donde ella trabajaba, pero a mitad de camino, aún en el parque, se encontró con aquella fuente para beber. Pasaba junto a ella todos los días, pero nunca se había parado a tomar un solo trago; esa mañana le apeteció beber de ese pequeño chorro, se le antojó como un retorno a las grandes esperanzas de la infancia.

Había bebido un gran trago cuando de pronto una lluvia de confeti lo sorprendió y apareció un montón de personajes vestidos de payaso, con trompetas y bombos y matasuegras, dos cámaras de televisión, junto a un presentador muy famoso de la tele, vestido de arlequín, con un enorme micrófono-piruleta en la mano: eran del programa “Cicuta-sorpresa”.

- Jaaaa, ja, jaaaa- empezó el presentador, que levantó de la fuente a nuestro iluminado, se lo puso a su lado y empezó a entrevistarlo con su otro brazo apoyado sobre sus hombros- ¡Tenemos al ganador de esta semanaaaa!

Empezó a sonar esa música de banda callejera circense que tan bien conocía nuestro héroe.

- Bueno- dijo el arlequín- como ya habrá adivinado, ¡LE HEMOS UNTADO CON CICUTA EL PITORRO DE LA FUENTEEE!

Todo el mundo se puso a aplaudir, también la gente que se fue acercando al reconocer la situación, y todos los instrumentos sonaron festejando su elección como ganador.

- ¿Qué le parece ser el hombre-cicuta de esta semana?- le preguntó, y le puso el micrófono delante.
- ... yooo...-dijo, ya tan mareado por el veneno que apenas podía hablar ni mantenerse en pie- es queeee....- se le aflojaron las piernas y tuvo que ser atendido por uno de los payasos, que sostuvo su otro brazo sobre sus hombros, como el presentador, mirando a la cámara con un congelada expresión de jolgorio estático.
- ¡¡Ja, ja, jaaa- dijo el presentador- parece que nuestro afortunado ganador se ha cogido un colocón de muerte, jaaaa, ja, jaaaa!!

La gente empezó a partirse el culo con el presentador, hasta los policías que custodiaban el evento se retorcían de risa y felicidad.

- Silviaaaa...- dijo entre llantos, totalmente pálido y con la mirada mórbida, mirando a la cámara, que le tomaba un primer plano, como si de un salvavidas se tratara, ajeno al cachondeo de los demás- quería que supieraaasss...- intentaba pronunciar sus últimas palabras, tan importantes, pero no le dejaba el ruido y la debilidad que se apoderaba de él a pasos agigantados.; la gente encontró estos estertores de lo más divertidos; la cámara hizo un plano más corto aún, centrándose en sus ojos llorosos- ... que quería casarme contigo...

La explosión del público en este punto fue ya insoportable, el ruido atronador, la música ensordecedora, todos gritando y saltando, presentador incluido.

Quedó muerto en el suelo del parque entre las danzas de los payasos y la gente, y la música, y la felicidad de granito que lo rodeaba, con el nombre de Silvia impregnado en el veneno de los labios...

domingo, 20 de julio de 2008

Just started







Ahí está.

Óleo sobre lienzo.

Grande (no lo he medido).

La mirada al frente como escudo para la confusión, donde todo está disfrazado.

El paso del tiempo.

Esperanza.