jueves, 24 de julio de 2008

El paquete arrugado

- Cariño, tengo graaandes noticias para nosotros dos: me han despedido del bar.

Ella se quedó con la expresión congelada, como si le hubieran tomado una instantánea. Estaba sentada a la mesa del salón, entre los cojines del sofá, rodeada por los trozos de un jarrón de porcelana que intentaba reconstruir con cola. Con su mano sostenía un palillo de dientes que utilizaba para aplicar el pegamento. Lo sostenía entre el dedo índice y el pulgar, con una mezcla de escrúpulos aprensivos y de meticulosa precisión. Sergio la sorprendió cuando procedía a atacar su labor forense entrando a matar con su utensilio, a la altura de sus ojos, y así se quedó. Los tenía abiertos como platos y, al verle, adquirieron un brillo de sorpresa-fastidio, mientras su boca empezó a abrirse lentamente con el mismo movimiento imperceptible del minutero de un reloj.

- Un molesto incidente con un cliente quejica- empezó a explicarse ante su ademán inquisitivo- Los funcionarios, cuando desayunan, lo hacen con la misma gravedad y seriedad con la que piensan en el suicidio sentados ante sus mesas en sus oficinas; por eso el menú tiene un sentido funerario.

Pendulaba por la habitación mientras le contaba la historia, y al final se detuvo y tiró la chaqueta a un sofá junto con su cartera de petróleo, llena de porquerías, todo ello con un natural desinterés.

- Sinceramente- continuó- me interesa más saber cómo has roto ese jarrón que conocer tu curiosidad por el pequeño altercado de esta mañana. No me gusta la prensa sensacionalista, tampoco en la pareja.
- ¡Qué graciosillo eres!- contestó toda iracunda Malena, que hasta entonces lo había acosado con los ojos por toda la estancia, sin alterar un ápice ni su postura ni el tono de su mirada salvo para moverla dentro de los límites de sus cuencas oculares.

Llegó el silencio. Se sentó ante ella en el otro sillón y se puso a mirarla con ojos inexpresivos y una incipiente sonrisa en las comisuras calculada para no dejar nunca de ser incipiente. Al cabo de unos segundos, Malena soltó el palillo, resopló, encendió un cigarrillo y se acomodó en el sofá posando los pies descalzos sobre él y abrazando sus propias piernas plegadas. Volvió a mirarle.

- Estaba jugando con el perro mientras se hacía el café- dijo con una tranquilidad sarcástica- Ya hacía un rato que te habías marchado. Le tiré la pelota a la pared pero me falló la puntería.
Sergio se levantó sin decir nada, fue al dormitorio, tomó las zapatillas de Malena y regresó. Al pasar junto a ella las dejó caer en el suelo y volvió a su sillón.

- Yo no llamaría “fallar” a eso precisamente.- dijo señalando al montón de trozos que estaba apilado sobre la mesa.- Una gran obra, me hubiera gustado verla.

La miraba a los ojos con falsa jovialidad.

- No deberías andar descalza ahora, la cerámica corta mucho...- añadió, señalándole las zapatillas.

- Manda cojones...- murmuró Malena. Fumaba expirando el humo con resoplidos de continencia. Se esforzaba por no estallar demasiado pronto. Volvió el silencio.

Malena estaba preciosa con su camisón en esa postura, pero sus ojos reflejaban enfado y, a la vez, terror. Por eso no se atrevía a decírselo, porque ella no podía comprender que se pudieran tener sentimientos tan contradictorios y, algunos de ellos, tan fuera de lugar.

- ¿Y bien?- preguntó para entrar en el tema.
- ¿Y bien qué?- dijo Sergio para irritarla.
- ¿Cómo ha sido? ¿Es definitivo? ¿Qué piensas hacer ahora?

Se quedó pensativo unos segundos.

- Lo único importante es que es definitivo. No hay duda de que lo es. La manteca colorada ha tenido la culpa, todo lo demás es palabrería aburrida. Un cliente quejica al que he puesto al día sobre lo que importa y lo que no. Su tostada lapidaria precisaba de margarina. Si te digo la verdad, no tengo ni idea de qué es lo que voy a hacer en lo sucesivo.
- ¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Por fin has jodido las cosas! ¡Estarás contento! Joder las cosas es lo único que se te da bien, deberías ser militar, o político, o...
- ... empresario, ¿no? Como siempre te he dicho, tienes una inventiva muy poco aprovechada para dar soluciones a los problemas de la gente...
- Maldito gilipollas...

Sergio se levantó y empezó a deambular por la habitación.

- Escucha, por favor- dijo anunciando una amenaza o algo muy serio, mientras se veía obligada a seguirlo con la mirada de un extremo a otro del salón paulatinamente, y no por casualidad.
- Te estoy escuchando- contestó, y se paró a mirar por la ventana que daba a la avenida, dándole la espalda.
- No podemos seguir así.
- Claro que podemos...- dije con una melodía monótona y cantarina de anuncio de televisión infantil, mientras remataba el ritmo martilleando con los dedos sobre el cristal.
- Puede que podamos, pero yo no quiero hacerlo.

Siguió mirando hacia la calle. Un escalofrío de incertidumbre le recorrió el cuerpo, pero intentó disimularlo mostrándose lo más insensible que pudo. Lo real siempre asusta, pensó. Los cambios verdaderos producen un terror de abismo. Hay que enfrentarse a ellos, vivirlos.

- Oh...- dijo tras un rato de silencio. Luego se arrepintió, en silencio, también.

- No es por lo que crees- siguió Malena- No me importa ni el dinero ni el trabajo ni nada de eso. Es por tu carácter, tu situación. Sergio: no puedes seguir así, eres un anciano cascarrabias con sólo treinta años. No quieres hacer nada más que destruir. No hace falta que me cuentes lo que te ha pasado en el bar: lo puedo ver clarísimo. Has aprovechado el incidente para dar rienda suelta a tu enfado con todo el mundo. La has armado y, además, te sientes muy orgulloso, se te nota en la cara. Pero eres un héroe de cloaca, nada más. Yo quiero construir, ¿me entiendes? Destruir me aburre, ya estoy harta de verte romper todo lo que te rodea.

A veces resulta muy fácil hacer ese tipo de recriminaciones, se dijo Sergio, sobre todo después de haber roto el maldito jarrón, algo que en realidad era de agradecer, gracias. Le tentó la idea de decirle que un supermercado mundial no es la idea que tenía de algo constructivo, que no era esa el tipo de empresa o causa a la que se uniría y a la que aportaría su imperceptible grano de arena; que ella tenía, además, evidentemente, enormes proyectos de futuro instalada en su cómoda posición de artista parada desde la que le recriminaba su falta de pragmatismo.

Sin embargo, soltarle todo eso le pareció demasiado cruel y dañino, así que se mordió la lengua. Ya soltaría toda esa mierda cuando otro cretino desconocido le viniera a fastidiar con sandeces sin importancia, como la manteca colorada. Pensó entonces en contestarle que su obra artística era precisamente algo “construido”, pero sabía que le contestaría que no construía sino bombas para destruir el arte y, lo peor de todo, bombas que nadie quiere, que a nadie interesan. Lo mirara por donde lo mirara, tenía razón. Sergio tenía vocación de destructor.

Recordó que cuando era niño e iba a la playa se dedicaba a aplastar los castillos de arena que los otros niños hacían con mucho trabajo. Había utilizado en su obra los castillos de arena como metáfora de las falsas esperanzas siendo ya adulto, algo que le resultaba, como menos, curioso. Cuando esos niños lo atrapaban le pegaban como se pega a los monstruos o a los locos, y Sergio gritaba y los insultaba y sufría un ataque de ansiedad tirado en el suelo, sin apenas respiración. Entonces dejaban de pegarle porque se asustaban. Supuso que ya entonces le gustaba más el teatro que la escultura.

Pensó que nada de eso había cambiado esencialmente hasta ahora.

Estaba seguro de que todo el mundo sabía que había algo anormal en su cabeza. Su madre le solía advertir sobre su conducta cuando la familia iba de visita.

- Compórtate como lo que no eres- le decía.

Es difícil cambiar cuando no se quiere (seguía pensando al ritmo de los autobuses de la avenida) cuando a pesar de los esfuerzos siguen sin resultar convincentes los mejores argumentos de las personas cercanas y bienintencionadas. Parecía que Malena quería que fuera otra persona, una persona mejor, pero era entonces cuando ella se presentaba ante sus ojos como un niño cruel más, como una cómplice de sus agresores de la infancia. Se sentía traicionado, aun siendo consciente de que no merecía otra cosa. ¿Cómo se puede ser leal a alguien que destruye todo lo que toca?

Sí, se dijo, el mundo ya estaba hecho cuando nació, y a la gente le molesta que reduzcan a añicos su trabajo. Así son las cosas y de igual manera así era él. Construir algo así como un proyecto, un negocio, una obra comercial, dolía como amputarse un miembro, como suicidarse, como hacer insulsa la propia vida.

- Haz lo que creas justo- le dijo.
Y eso hizo.

- Creo que voy a volver a mi casa. Estoy un poco saturada. Me resultas agotador.

Mientras ella recogía sus cosas, Sergio fumaba cigarrillo tras cigarrillo, con porros intercalados, esperando sentado en el sofá. Acababa de coger el último cuando cerró la puerta tras un escueto “Que te vaya bien”. Lo rompió, se lió un porro bien grande y, cuando lo hubo encendido, estrujó en sus manos el paquete vacío hasta reducirlo a un manoseado amasijo de cartón decolorado. Lo tiró para que el perro fuera a recogerlo y entonces reparó en que se lo había llevado Malena.

El paquete estrujado se quedó rebotando solitario por el suelo.

Estaban solos los dos.

2 comentarios:

abenyusuf dijo...

Terapia para biohombres sin biopareja que pasan por la crisi de los treinta, más dura si cabe que la de los 18.
Me gusta que Malena sea artista parada. Hay un arte lento, tan lento que no hace nada. Y se acompaña a menudo con personas encantadoras, pero enormemente inconscientes.
En cuanto a librarse del perro, mejor así. Sergio va a poder dedicarse aleer las obras completas de los fracasados Julio Cortázar y Marcel Proust.
En cuanto a la dispositio, te felicito por el cuidado del ritmo de la decadencia, menos evidente que el kafkianismo del anterior relato corto, "Cicuta-sorpresa".
Amistades,
Juan-L-

abenyusuf dijo...

Me explico mejor: no es Sergio el inconsciente (aunque también un poco, pero por otros motivos y en otro nivel), sino Malena, es decir, una persona encantadora que viaja con el arte como una maleta, sin enterarse de nada, haciendo contra-arte en nuestra Era del duelo, cuando el capitalismo desprecia absolutamente el arte.
Eso quería decir.