lunes, 26 de enero de 2009

La seriedad de la tierra y el cielo


Es curioso el jolgorio de la vida de los que viven en el interior de las copas de los árboles; esos pájaros pequeños, distintos en carácter a los mayores que, más proclives a las llanuras y marismas donde el cielo ocupa y limita toda la bóveda, abandonan el follaje de los árboles y ponen su nido arriba, en el cenit de la copa, o lejos, en los riscos o entre los juncos, donde sólo el cielo las cubre y adonde sólo acuden cuando la necesidad de la naturaleza así lo exige; el resto del tiempo planean en el cielo abierto, o nadan, o joden a otros animales para comérselos (cuando no las tres cosas). La lechuza, sin embargo, a pesar de su gran tamaño, se queda en la espesura del bosque enamorada de la noche y de la sombra, y su caza y su vuelo de silencio llevan impresa la fascinación que sólo lo mágico genera. Los buitres, que otean las llanuras y las montañas desde grandes alturas, tienen, en comparación con los búhos, un carácter agrio, al igual que los avestruces; la elegancia cómica de los pingüinos tan sólo disfraza un mal semejante o aún peor. Los patos y pelícanos van por completo a su rollo con el pico mirando al agua, tienen aire de hijo único y, aunque parece que el agua otorga cierta simpatía a los pájaros que abandonan los bosques, el sol se encarga de joderles el carácter de manera definitiva. Se han escrito preciosos libros sobre las gaviotas, pero la verdad es que las reales son unas auténticas hijas de puta, a pesar del mar.

El cielo pesa. Ciorán supo darse cuenta de que para referirse al cielo de manera pertinente hay que considerarlo como una absurda lápida de piedra que cubre la nada. El cielo es un objeto infinito aplastante como una sombra. Su hermandad con la nada estriba en que un ser humano no puede abarcarlas- por ello confunde sus identidades. Eso es todo. El único paso que sigue es tomar partido.

¿Qué voy a hacer con el cielo, que ignora lo que significa marchitarse, o lo que es el sufrimiento y el éxtasis de la floración? Quiero estar con las cosas destinadas a ser y morir con ellas, que de igual forma están destinadas a la muerte. ¿Por qué os he hablado de extinción a vosotros, astros eternos? He estado buscando demasiado tiempo a la nada en otra parte. Pero retorno a los otros mundos donde soplan las penalidades. Por ellos deambularé como un ermitaño sediento de pecado. (Ciorán, de “Breviario de los vencidos”)

Los chimpancés son simios que siguen colgándose de las ramas, entre las hojas y siempre a la sombra; y preferiría a uno de ellos como compañero en una isla desierta que a un gorila, por ejemplo. El gorila, más ligado a la tierra, adquiere de pronto un aire sombrío, una seriedad estoica y una consecuente peligrosidad real y física, y ello a pesar de que permanece en la espesura de la selva. De los simios que se adentraron en la estepa, en las llanuras, en las sabanas, sólo sobrevivimos nosotros. Girasoles con una vitalidad animal amargada y enferma, marchitada de antemano por la conciencia.

Árboles...

Durante un tiempo fui aficionado a tocar la guitarra desde la copa de un árbol. Lo hacía siempre que podía, en cualquier lugar donde hubiera un árbol trepable. Los ficus enormes de la Plaza de San Pedro eran perfectos. No sé si tocaba mejor, pero lo disfrutaba más. Mi relación con las copas de los árboles no acababa ahí; en las alturas conocí a mucha gente que permaneció en mi vida. Eso sí que me sorprendió. Cuando no estás en una copa y el cielo sobre ti es abierto, cambia la cosa, y así fue como conocí, mientras tocaba en lo alto de una estatua del río, a un grupo de skins de Madrid. Se subieron para currarme, y acabaron invitándome a cerveza toda la noche. No lo entendían. Lo comentaban. Y luego más. Se despidieron con un cierto aire ido.

¡Cuántas dicotomías! ¿Copa o llanura? ¿Cielo o tierra? ¿Realidad o nada? ¿Ciencia o magia?

Cuento esas llamadas y las reconozco como ecos de mi propia voz pronunciada en el pasado, perdida en el abismo, desfasada, rasurada de viento y obstinada, y mi pie sobrevuela mientras tanto el hormiguero con desidia, sin decidirse a dar el paso.

Nada cambiará en el cielo cuando camine, por ello puedo contar con él.





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2 comentarios:

Jaime dijo...

Como dijo no se quién... por qué no ser alas en la tierra y raíces en el cielo.

Saludos!!

Quacking-pingüino dijo...

El continuo error... (sobre tu entrada de hoy, Jaime)

Las peripecias del Coyote intentando atrapar al Correcaminos representan a la perfección la inutilidad del ser humano al perseguir un ideal o utopía; por otro lado, la exhibición de ímpetu, constancia, creatividad e ingenio del Coyote hacen que la caza, a pesar de su inevitable y predecible fracaso, valga la pena.

Saludos!!!