martes, 8 de marzo de 2011

Abuelo-globo



El abuelo había muerto. Era verano. Los aspersores de los vecinos silbaban calor de moscas y libélulas. Todos aguardaban el funeral. Su nieto Vicente llegó derrapando con el coche. Todos lo oyeron llegar desde el interior. Entró apresuradamente y se dirigió al féretro.

- ¡Ha llegado el momento, amigos!- dijo entre efluvios alcohólicos. Algunos se acercaron para detenerlo.
- ¡Cuidado!- gritó mientras encañonaba a su primo con un arma- la voluntad de los muertos es la voluntad de los muertos, pero yo hoy estoy completamente vivo, ¡y voy a hacer lo que tengo que hacer!

Todos se alejaron, algunas mujeres empezaron a llorar. El ambiente estaba tenso como el aire eléctrico que precede a una tormenta. El recién llegado tiró el ataúd y se echó al difunto sobre la espalda, camino del jardín. Todos murmuraban pero nadie se atrevía a hacer nada para detenerlo. Vicente encañonó a todo el que se interpuso en su camino. Ya en el jardín, dejó el cadáver sentado sobre una silla de madera junto a una bonita mesa ideada para sueños de mermelada bajo la sombra de algún árbol con espíritu de celofán. Ante la vista de todos, regresó al coche. Dos tíos suyos intentaron aprovechar la ocasión para devolver al abuelo a su lugar, pero no les dio tiempo. De regreso del coche, cargado con una manguera y una extraña bombona, los detuvo con varios disparos en el aire. Una vecina se asomó por la ventana.

- ¡Usa este teléfono!- le gritó, mientras se bajaba la bragueta y se la enseñaba- ¿tienes miedo? ¡Coño, ya es un logro! ¡Váyase a tomar un poco de por culo, zorra chismosa!

La vecina cerró la ventana y Vicente devolvió al abuelo a su asiento.

- ¡Feliz Navidad!- gritó mientras golpeaba con la mano el hombro del difunto.
- ¡A ver, tú!- gritó a uno de sus sobrinos- quédate junto a la bombona; cuando yo te diga, ¡abre la válvula!

El pequeño miró a su padre y este asintió.
Vicente metió un extremo de la manguera en la válvula de salida de la bombona.

- ¡Quédate aquí!- le susurró al oído al niño- ¡Ya verás qué divertido!

El otro extremo lo aseguró en la boca del difunto con toda clase de cintas adhesivas, además de anillas metálicas para reforzar el cierre con los labios muertos.

- ¡Niño!- gritó, una vez listo- ¡abre la válvula!

El pequeño, advertido por los gestos de sus padres, no respondió, bloqueado. Vicente se dirigió apresuradamente hacia él, y éste corrió a esconderse tras ellos. Pero Vicente continuó el mismo camino hacia la bombona con la misma determinación.

- Boñigas bonitas...- murmuró Vicente, y sin más dilación abrió la salida del gas.

El abuelo empezó a inflarse con el nitrógeno como si fuera un globo, y a los pocos segundos empezó a flotar sobre el césped. Cuando ya estaba completamente redondo y deforme, Vicente disparó con su arma al nuevo globo.

El hidrógeno explotó, todo explotó.

Vicente regresó al coche cubierto de vísceras y sangre. No hacía más que repetir “feliz navidad, feliz navidad, feliz navidad”. Nada había funcionado. Seguía con un agujero negro dentro del cuerpo que se lo iba tragando todo. No lo hacía ni lenta ni rápidamente, sino que lo engullía todo a un único ritmo eternamente inadecuado para nadie, lento, pero imparable.

La luz amarilleaba. Todo adquiría poco a poco el aspecto de una extraña sala de paso...

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2 comentarios:

Poma dijo...

Hola ¡¡ Acabo de relacionar ,este bloc , contigo Kike. llamamé lenta si señor ¡¡¡
:)

Quacking-pingüino dijo...

Leeeenta, leeeenta...!!!