jueves, 12 de septiembre de 2013

La soledad lúcida



No era porque lo hubiera leído; cuando lo encontré escrito ya lo sabía, fue más una de esas constataciones que se experimentan al descubrir que se está de acuerdo con lo que dice un fulano. Los escritores favoritos de la mayoría lo son por eso: sus obras parecen un diálogo interno donde de repente tu torpe cerebro ha encontrado las palabras adecuadas para decir lo que piensas. Lo que hace especial a ese escritor te hace especial a ti al describirte de manera clarividente. Por eso el arte es una mierda, pero una mierda útil: se trataba precisamente de eso, del efecto de expiación de los demonios internos al ejercer cualquiera de sus disciplinas. Lo había leído: el teatro clásico y la catarsis que ejercía sobre el público. Y es cierto, sin duda, pero es una catarsis incomparable con la que experimenta el autor. Eso también lo había encontrado en algún libro. Y la experiencia personal también fue por delante en eso en mi caso.

Y sí, es verdad lo que estaba escrito, aunque para lograr una catarsis semejante sea necesario que la obra satisfaga tus exigencias estéticas. No basta con escribir un diario. Puedes tergiversar lo que quieras o nada, da igual, siempre y cuando la obra cobre vida propia. Sólo entonces te alegrarás del pesar que te inspiró para convertir tu miseria en oro. El artista es un alquimista de sus culpas y debilidades, de ahí que sean intratables. Da igual la mierda que les echen encima, siempre la convertirán en algo deslumbrante y la devolverán triunfantes, y eso es sin duda un verdadero poder. Si se es capaz de eso, de expiar cualquier contaminación del alma con tus propias capacidades personales e intransferibles, se es insoportablemente autosuficiente, libre y, en última instancia, un solitario lúcido que no se puede atrapar.

Así que me dirigí al estudio de pintura dispuesto a destrozar un lienzo, a ver si eso me sentaba bien. Una tarde entera de trabajo con la esperanza de acabar satisfecho, libre de dolor y decepción. Pero no fue así: el cuadro era una mierda. Y cuando eso sucede, en vez de expiar demonios, estos se sientan delante tuya con una sonrisa burlona, sin decir nada, irritantes. Será que debo estirar aún más la goma del tirachinas, aún no es el momento de la pedrada pertinente. Estirar, estirar el tiempo elástico para que lo necesario tome aliento.

Le hice una foto y se la mandé a Esther, una amante esporádica que entiende de artes plásticas. “A mi me gusta”, me dijo. De nada sirvió. No logré expiar por el momento mis malas energías, catarsis cero: me tiene que gustar a mi. El arte es una analogía de la vida en la que no puedes, por mucho que quieras, engañarte a ti mismo, y menos aún con las opiniones de los demás. Si no te convence, tus entusiastas se convierten en sospechosos. Por eso es tan instructivo. Por eso enseña a vivir. Por eso muchos artistas suelen ser brutalmente francos. En el resto de calamidades existenciales puedes distorsionar lo que quieras: recuerdos, visiones, opiniones, aspectos, incluso la personalidad de los que te rodean la puedes modelar para creerte que te quieren. Y vives siempre apesadumbrado por un escepticismo que te da la absoluta certeza de que todo puede ser una maquinación de las percepciones orquestada por ti mismo, manipulador compulsivo de la realidad-lienzo. Menos en el arte que ejerces. Ahí no: ahí vuelcas tu distorsión y te libras de ella, y mirándola cara a cara, descubres si vale la pena alucinar de esa manera o si se es patético. Y si eres capaz de extrapolar a la vida misma lo que se te presenta de manera simbólica ante tus ojos, habrás dado un paso. ¿Y el aprendizaje, la evolución? Cuántos aspectos de tu personalidad, tus debilidades, tus pulsiones se te revelan a lo largo de un proceso creativo. El arte es un proceso de autoconocimiento aplaudido por voyeurs. Cuantos más defectos conviertas en oro, mejor.

Decidí largarme al cine, aún estaba a tiempo de pillar la sesión de las nueve. Al menos experimentaría la catarsis del espectador. Vi una sobre los últimos años de Renoir y su relación con su hijo Jean. Una actriz preciosa, buena película en general. La gente se enamoraba en ella. Parecía algo tan distante y a la vez, con tanta belleza, tan posible... Salí del cine sintiéndome mejor y decidí llamar a Lucía para tomar algo antes de irme a casa. Lucía era una amiga estupenda, siempre risueña, transmitiendo bondad todo el rato. Nos vimos en la terraza de un bar. Hoy estaba melancólica.

- Tengo recaída otra vez con Antonio- me empezó a contar- lo vi de lejos en Huelva y ahora está con otra y me siento mal.
- Pero es normal, ¿no? la gente rehace su vida.
- Siempre está con alguien, no dura mucho solo. En serio. Empalma relaciones una tras otra.
- Es su problema, Lucía. La mayoría de la gente habla mucho de la libertad, pero se aterran ante su sombra. Tú vas bien, en serio. Te dedicas a lo tuyo, tienes muchas inquietudes, eres independiente, haces lo que quieres. Él siempre andará atado y limitado por la desgraciada de turno. Tú estás construyendo en ti misma a una persona divertida, interesante, bonita. No deberías sufrir por ello. Ser dependiente es una enfermedad. Tú eres demasiado diferente como para encasillarte de esa manera.
- No sé, me da penita que todo acabara, y eso que han pasado años- dijo con una expresión de pena.
- Mira- le dije- seguramente a este chico, después de tanto tiempo, lo tienes idealizado.
- ¿Tú crees?- me dijo con cierta incredulidad- es que a pesar de todo el tiempo transcurrido no me lo quito de la cabeza.
- Te harías un favor si quedaras con él y charlaras un rato, en serio.
- Creo que me sentaría mal.
- ¡Qué va! Seguramente ha evolucionado y ya no es la misma persona, y seguramente no te guste lo que ahora es; puede incluso que nunca haya sido lo que tú tienes prefigurado sobre él en tu cabeza llena de recuerdos distorsionados. Y si no ha cambiado, descubrirás que ahora es algo anacrónico en tu vida. En serio, te quitará muchos pájaros de la cabeza verle.
- Lo pensaré, lo pensaré. Es que ando igual que siempre, no me concentro, siempre con un tío o con otro, tengo que parar esto.
- ¿Qué tiene de malo?
- No lo sé...
- No seas boba, mereces divertirte.
- No sé, creo que me vendría bien un período asexuado.
- ¿Tú crees? Yo, en realidad, me quiero tirar a tu hermana- le dije para provocarla.
- ¡Idiota!- me dijo dándome un codazo cariñoso.
- Anda, déjame tirarmela...- dije canturreando y haciéndole cosquillas.
- ¡Jajajajaja! ¡Para, basta!

Después de un rato hablando sobre libros, pelis, polvos y proyectos nos fuimos a su casa a dormir. Dormíamos juntos con frecuencia, sin sexo. Es lo que lo hacía tan especial. El sexo trae consigo paranoias, mentiras y falsedades.

Opté al día siguiente por escribir otra canción. Le di vueltas, hice la letra, dibujé la melodía. Nada: otra mierda. Seguía anclado. Los demonios seguían sentados delante de mi. Se estaban divirtiendo de lo lindo. Entonces recordé otra máxima: no se debe crear para nadie. Eso también lo había leído. Y mucho menos crear para ellos. Es mejor crear para insultarlos, ofenderlos, levantarte y afirmar un “no valéis nada” sincero y creíble, pero sólo cuando no se puede evitar tenerlos presentes. Nada de complacerlos. Lo ideal es pasar de demonios, de público, de todo en general. Sólo desde la soledad, esa soledad lúcida en la que siempre eres un novato ante su primera obra, se puede conseguir algo de alivio.

Volví a quedar con Lucía. Traía noticias.

- ¡Lo he visto!- me dijo entusiasmada- lo llamé esta mañana y resulta que está en Sevilla, ¡y me he tomado un café con él!
- ¿Y qué tal te sientes?
- ¡Genial! En serio, tenías razón. No ha cambiado nada, sigue igual, ¡y hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que he cambiado yo!
- ¿Ves? Has hecho bien en verle.
- Es que sigue igual, triste, quejándose de todo, enfermo, en crisis. Y el caso es que ahora, en vez de gustarme, me cansa. De verdad, a los cinco minutos de estar con él ya sabía que había hecho bien. Me siento liberada, estoy eufórica. Me quiero pegar una juerga, ¡y me la quiero pegar contigo!

Estuvimos de bar en bar hasta altas horas. Luego nos metimos en una disco y en un momento dado vi un destello de tristeza en su mirada, entre toda la gente que se divertía como si estuvieran en una dimensión diferente.

- Confiesa- le dije al oído.
- Nada- dijo ella apartando la mirada.
- Confiesa- insistí.
- Me he puesto un poco triste- dijo lacónicamente.
- Vamos a salir fuera, aquí no se puede hablar- le dije tomándola del brazo.

En la calle apenas había gente y ya se notaba el frescor de las madrugadas de septiembre, lo que era liberador, acercaba a las personas.

- Dime- le dije.
- No sé, es raro, ya no quiero estar con él, pero me siento triste- dijo mientras miraba a un lado y otro de la calle, paulatinamente.
- Es normal, le tenías cariño a tu ficción, tu pena era como una hoguera que te daba calor. Ahora cuesta desprenderse de ella. Sientes amor por tu hoguerita después de tanto tiempo.
- ¿Tú crees?
- Claro, he pasado por eso. Ahora, sin tu motivo de aflicción favorito, sin la melancolía que era tu brújula, la princesita anda desorientada, ¿qué tendrá la princesa?- le cantaba.

Me miró triste y se lanzó sobre mi y me abrazó, fuerte, y se quedó así un rato.

- Tranquila- le dije acariciándole el pelo- es la última despedida, duele porque es el último adiós, pero en unos días se te pasará. Tranquila.
Rompió a llorar en mis brazos.
- Duele decir adiós- le susurraba- tómate tu tiempo, tranquila. Despídete. La vida sigue. Despídete...

Lloró en silencio durante un tiempo precioso e indefinido mientras la gente entraba y salía de aquel antro. Y es que de las personas queridas se ama incluso al dolor que dejan, último nexo, último vínculo que queda, el resto de algo que fue tan grande como un universo entero, la conexión que más duele romper de todas porque tras ella ya no queda absolutamente nada de aquello que lo fue todo. Porque a veces, especialmente en las personas más puras, hasta el dolor encierra belleza.

(...)

Y así, unos días más tarde, desde la sinceridad, me puse a escribir un cuento. Y entonces sí. No le gustó a casi nadie, pero qué liberación: tras escribirlo, caminaba borracho de satisfacción por las calles, reconciliado con el mundo. Todo era estupendo, el aire olía bien de nuevo. Había expulsado a mi alien. También yo. Por fin.

Esther no dijo nada cuando se lo mandé. A Lucía le pareció divertido, aunque el prota le caía mal. Mis amigas se cabrearon al leerlo, pero apenas podía escuchar sus argumentos porque rememoraba una y otra vez los mejores momentos y me reía solo de pura satisfacción. Ahí quedaste, maldito engendro, fuera de mi, vivo, irritante, retratado como un monstruo por este artistilla anónimo que desgasta sus zapatos sobre adoquines que no llevan a ninguna parte pero que, sin embargo, van en la dirección de su propia fidelidad...

Porque la soledad lúcida sabe mucho de realidades virtuales en las que todos se dejan engatusar por las marionetas que su propia conciencia confunde con espejos. Pero la libertad, esa página en blanco aterradora, aún tenía preparada para mí nada menos que un incierto el-resto-de-tu-vida sin escribir y sin prefiguración alguna...

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4 comentarios:

Jaime dijo...

Maravilloso. Hacía tiempo que no pasaba por este blog, creo que desde que cerré el mío (cobardía, demonios... ¡quién sabe!). Te descubrí por casualidad y veo que sigues siendo igual de lúcido. Una cosa, ¿podría compartir el blog (o la entrada) en mi facebook? Quizá es un poco descarada esta petición, pero creo que te tienen que leer!! Ya me dices. Un saludo amigo.

Quique Rivas dijo...

Naturalmente! Es más, te lo agradezco!

Un saludo! :)

Jaime dijo...

Pues compartido te hayas!! :)

Quique Rivas dijo...

Gracias!! (en fb soy Kique Duckieboy) :)