domingo, 15 de febrero de 2009

Carta de amor no premiada en el VIII Concurso Concurso Antonio Villalba de cartas de amor

Querida Pilar,
Me resulta muy difícil dirigirme a ti en estas circunstancias; no obstante, comprendo a la perfección tu enfado. Creo que por escrito podré, al menos, explicar mi punto de vista sin que nos volvamos a tirar los trastos. El apartamento se hace demasiado grande para mí solo, ¿sabes?, he abierto los ojos y, por un momento, pareció que todo lo sucedido ayer no fuera más que un mal sueño, pero al ver tu lado vacío me di cuenta de que no era así. Necesito que arreglemos las cosas, así no puedo seguir adelante. Nunca me habías gritado de esa manera, ni en nuestras peores discusiones, y nunca había oído de tus labios semejantes palabras dirigidas a mí. ¿Cómo explicarte que fue un accidente? ¿Cómo podré volver a mirar a tu padre a la cara después de haberle pegado un tiro con su escopeta favorita?

Lo sucedido no ha sido consecuencia de otra cosa que mis buenas intenciones, aunque oírlo te resulte extraño, pero es así. Tan sólo quería acercarme más a tu padre, como persona, para ganarme el favor de tu familia, pues desde el Incidente de tu Madre mi posición había quedado en entredicho. Mi error fue no confesarle mi total inexperiencia en la caza de patos, y ha quedado comprobado que acercarse a él con un arma no es una buena estrategia, tratándose de mí. Creía que al unirse dos hombres mediante una actividad tan ligada genéticamente a la virilidad se derribarían los muros que existieran entre ellos por una suerte de solidaridad milenaria. Pero lo cierto es que con un hombre hecho y derecho comparto el mismo número de genes que una ameba. ¿Qué puedo decirte que no te dijera ya ayer, a pesar de tus gritos? Buscaba patos y creí encontrar uno, pero era tu padre soplando por el reclamo; comprendo que resultara irritante que eso sucediera, sobre todo después de habérmelo recordado él mismo mil veces mientras nos preparábamos (“no me confundas con un pato o te arranco los cojones”) y que, en ese contexto, mi buena puntería (para tratarse del primer disparo de mi vida) no fuera un atenuante para mí (aunque intenté que lo fuera); pero estaba decidido a ganarme su favor y, de paso, impresionarte a ti con una buena pieza. Miles de años de seducciones de mujeres mediante trofeos de caza hicieron mella en mi herencia atávica y me emocioné más de lo que debía.

Lo siento mucho. Por suerte, sus nalgas podrán reconstruirse casi por completo, como me pudieron informar los médicos mientras me trataban la nariz rota por tu puñetazo de agradecimiento. Mi nariz también quedará bien, gracias. Aún así, las contusiones que le provoqué en la cabeza no son graves, pero precisó de varios puntos de sutura: no comprendo cómo tu padre se tragó el reclamo de patos tras recibir el disparo, pero al quedársele atravesado en la garganta no paraba de graznar y yo, henchido y sorprendido por un repentino sentimiento salvaje y sanguinario, cegado por mi inesperada ferocidad cazadora (y por los matorrales que cubrían a tu padre en medio de aquel lago), le propiné varios culatazos al grito de “¡Muere, asqueroso palmípedo, muere!” (lo que es peor, pues ya sabemos lo sensible que es al tema del tamaño de sus pies y los problemas que le han dado sus ataques de furia cuando lo llaman “Big Foot” en el pueblo). Al final, me detuvo la silvestre habilidad para las patadas y puñetazos que sus compañeros, que acudieron enseguida, me mostraron en abundancia y generosidad. Sólo entonces descubrí el fatal error.

Resulta curioso que mi relación con tus padres haya ido, literal y figuradamente, de culo; no sólo por el accidente del disparo, sino por el otro “incidente”, cuando en las pasadas navidades tu madre estaba en la cocina y confundí su culo con el tuyo… bueno… en fin; está claro de quién lo has heredado y yo soy muy despistado y... ya sabes lo que me gusta sorprenderte por detrás mientras haces el café o trasteas por la cocina y pegármelo fuerte mientras te agarro las tetas y te digo toda suerte de guarradas al oído, pero está claro que tu madre no tiene el mismo sentido del humor. Y el que ese día yo hubiera estado especialmente inspirado (“quiero alisarte todas las arrugas...”, citando a Henry Miller) no hizo otra cosa que empeorar las cosas. Tu madre, por cierto, tiene la misma destreza que tú en cuanto a los rodillazos en los huevos: lo hace sin mirar, con los ojos concentrados en helar la sangre de su víctima con un frío odio intenso e interminable, y una puntería certera.

Apenas pude explicarte nada de lo sucedido, pues las ambulancias llegaron pronto y nos recogieron a los dos. Recuerdo a tu madre, que me miraba fijamente con ganas de dispararme ella, sí (pero en serio), y tus gritos y descalificaciones posteriores al inapelable derechazo. En cuanto me hubieron observado y curado los moratones, enderezado y vendado el hueso de la nariz y me fueron dados algunos puntos de sutura (los rurales amigos de tu padre se toman en serio sus iniciativas de grupo) estuve otra vez como nuevo. Pude por suerte evitar a tu madre en el camino hacia la salida, además. Tomé el primer autobús y regresé a casa, y pasé la noche escuchando tus alaridos, entre sueños y pesadillas. Y a la mañana, la constatación de tu ausencia, ¿dónde estás?

Vuelve, por favor, esta es tu casa y tu vida. Al fin y al cabo, ¿has visto alguna vez que el amor sea el único motor de tan extraordinaria cadena de accidentes? Entiendo que suene muy raro decir que haber metido mano a tu madre y haber disparado a tu padre sean pruebas del amor más sincero, pero lo cierto es que esa es la verdad. De todas formas, estas extravagancias no deberían sorprenderte demasiado, dado que nos conocimos vomitando por la borda de un ferri. Descubrimos en el primer instante la primera de una larga lista de cualidades comunes que nos unirían de la forma en que lo han hecho hasta ahora.

Sin embargo, reina el silencio en esta casa que te llama.

No existen problemas entre nosotros que no se puedan arreglar con una explicación y un poco de esa comprensión mutua que siempre nos hemos regalado con el derroche natural de las miradas.
Y ten cuidado con tu derecha, chiquitina, que me has vuelto a sorprender con otra faceta tuya, de esas “espectaculares”.

Siempre tuyo,
Uli

2 comentarios:

Quacking-pingüino dijo...

Lo ha ganado una especie de Werther...


¡¡MALDICIÓN!!

Encima que me presto a todas sus malditas normas!!!!

http://www.escueladeescritores.com/cartas-amor-2009

pilimari dijo...

!!que miedo!!


¿hay concursos de cartas de amor??...animo pues.

Besos