martes, 17 de febrero de 2009

Lecturas



La bici vuela. Al final va a ser verdad que inflarle las ruedas y engrasarle la cadena resulta útil. El problema de ir en bici es que mientras vas en ella no tienes muy claro hacia dónde ir, pues ir a algún sitio acaba resultando absurdo; y permanecer no yendo hacia ninguna parte tampoco se presta a una entrega ilusionada por mi parte. Sin embargo, correr, volar a toda velocidad, sí que le da sentido al ejercicio durante un rato.

Lo bueno de empezar a hacer deporte es el tremendo alivio que supone dejar de hacerlo; algunos identifican esta sensación de bienestar con sus saludables beneficios, pero yo no soy tan imbécil. Si te escarificaran con clavos ardientes y, cuando la sesión acabara, te sintieras mejor que durante ella (debido al cese de dolor añadido), ¿querría ello decir que abrirse heridas con hierro incandescente es bueno y saludable? ¿lo recomendarían los médicos?

En fin, a lo que voy. Volando te llevas al menos la experiencia sensorial del vértigo, lo que, a falta de mayores ofertas, está bien. Luego te paras, te sientes mejor, claro, y lo culminas con un Porr-heit junto al río. Un instante de paz antes de que el absurdo de permanecer en nada te haga moverte de nuevo para no ir a ninguna parte y bueno...

Al menos el sábado que viene recita D. Leopoldo María Panero en la Alameda. A veces ocurren cosas. Iré a escucharle, a pesar de que hay público. ¿Me lo perdonaría él? Suele tratar a su audiencia como si le provocara alergia. El problema del público es esa mascarización imperativa de la asistencia.

Están “los comprometidos”, con ese gesto de permanente preocupación y alerta que les impide disfrutar de nada (no deja de ser una nueva degeneración que añadir al estoicismo cristiano) pero sin ir acompañado de una acción esencialmente contraria al status quo que repudian y que, supuestamente, les hace sufrir (¿os he dicho que el problema del mundo moderno es que la inteligencia se asocia inconscientemente a la imagen de un monje flagelándose en su celda en la soledad de la noche? de ahí la actual profusión de imbéciles).

Luego “los culturetas de oficio”, que siempre acuden a todos los actos que se celebran con la última adquisición de la Casa del Libro bajo el brazo, pero con una extraña resignación: apoyan el acto en tanto que infrecuente, pero se lamentan de la falta de originalidad y calidad de lo que se les ofrece (sufren insularidad cognitivo-urbana).

Luego llegan “los poetas” (esos son los peores: si los ves cuchichear y reírse, ten por seguro que están poniendo a parir al conferenciante; como escuché a un poeta en la Sala Imperdible, “una división acorazada es menos dañina que cuatro poetas tomando café”).

Los “hipersensibles místico-vegetarianos”, con cierto deje de túnica y cortina y una predisposición programada a la fascinación misteriosa por los abismos eternos que las procelosas simas que un tenedor o una cucaracha ocultan (por ejemplo, observen a esa u otra chica, posiblemente erasmus, enferma solitaria, de jerseys de lana anchos, pelo suelto muy largo y cuidado, que miran siempre al suelo y usan perfumes dulzones y ligeramente tóxicos, con muchos frutos secos y manzanas en el bolso-mochila, que está, pero no está ahí, y aún así algo oye que la hace estremecerse- generalmente flipan con su distorsión alucinatoria).

Los “eternos suicidas”, o sea, aquellos que tarde o temprano intervendrán en el acto en la sección “ruegos y preguntas” y lo harán con un cierto deje de dolor clínicamente tratado, una falta de esperanza total, y una negatividad que roza la ciénaga subterránea de un profundo pozo (lo curioso es que, diez años después, descubres en otro acto que no se han suicidado y permanecen en el mismo punto, como Coldplay- o sea, o es mentira o es mentira: tanta exhibición de dolor tiene que rematarse, nunca mejor dicho, como es debido; si no, es sospechosa).

Y, finalmente, “los suspicaces”, quienes sospechado de tanto estudiante y ambiente semi-académico van ansiosos de encontrar el más mínimo indicio de que todo es mentira y que detrás de tanta palabra no se oculta el más mínimo saber.

Allí estaré, a pesar de todo.

¿A qué grupo perteneceré yo?

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3 comentarios:

pilimari dijo...

despues de leer esto:

1. tengo que coger el sevici, que ya no tengo la excusa del frío

2. me acabo de enterar de lo que hay en la alameda. (viviendo allí)

3. ahora medio comprendo lo de la chica metida en al caja de cristal. tendré que llevarle un libro, quizás la biblia para que pueda escapar mas facilmente.

4. besos!!

Quacking-pingüino dijo...

Nosotros le dimos la Constitución y otro titulado "La gangrena"

Jose dijo...

A que te refieres con tu perra duda??