miércoles, 10 de septiembre de 2008

Hace una mañana preciosa


De pronto, la luz del sol, la realidad, el despertar, lo que quiera que sea o como quieras llamarlo golpea con la contundencia de un mazo; de pronto toda la lucidez de antaño se torna turbia, se convierte en un ensueño vaporoso, en una alucinación. Un terrible malestar de espíritu se apodera entonces del alma. Afloran espantosos miedos considerados superados. Duele volver a ser material sólido cuando se ha probado el estado gaseoso. Parece la revancha del Detritus, el regreso a la existencia inerte, a la nimiedad, a la quietud carente de sentido o causa. Porque en este estado la piel se encuentra hambrienta de sensaciones. No hay brisa, no hay caricia, tan sólo hay sequedad en la boca. El sol aplasta la vida en el exterior y la cabeza es un bulbo palpitante, el pecho una olla a presión sin salida, un hervidero de ansias. Las esperanzas son celdas vacías, abandonadas. Desaparecen los argumentos con que apoyarlas. El corazón se ha quedado seco e impotente. Estás enfermo.

Miro a mi lado, y veo a Alex, con su media sonrisa de sueño profundo, su guitarra entre sus brazos. Sigo mirando, sigo girando mi dolorido periscopio que envía la luz a mi pecho, y veo a Ramón, sentado delante de Alex. Ramón fue el único que jugó al escondite entre los brazos de una chica. Nosotros estábamos demasiado concentrados en nuestro aquelarre. Junto a Ramón está Rogelio. Esta vez no ha podido taparse amorosamente, pero tiene las manos cruzadas sobre su pecho con un gesto lúgubre de vampiro. Pájaro está a mi lado. Huele como su casa. Está igual que yo. Cuando abra los ojos sentirá el mismo vacío de resaca.

Hace otra mañana preciosa. Estamos en el coche, despertando, junto al parque. Recupero la vida. Me duele mucho la muñeca.

Tengo que desperezarlos a todos. Tengo la camiseta y el brazo derecho llenos de sangre seca, y mi muñeca izquierda está inflamada y dolorida. Tenemos que ponernos en marcha y dirigirnos al hospital más cercano. Esa misma tarde, además, tiene lugar nuestro recital. Nos levantamos todos, salimos del coche y tomamos el aire, nos estiramos. Rememoramos la noche anterior. Nos reímos un poco. Sostengo el brazo sobre mi abdomen, en pie, con mi mano sana, riendo estúpidamente. Luego nos subimos al coche y partimos. Rogelio conduce como siempre, seguimos siendo fieles a nosotros mismos. Suena la música muy alta y el viento fresco de la mañana entra por las ventanillas completamente abiertas. Y es entonces cuando regresa la vida efervescente, la frescura y la paz, esa extraña hermana del desasosiego.

El hospital dominaba la región desde lo alto de una escarpada colina. Estaba rodeado por muchas otras escarpadas colinas, lo que era natural, encontrándose en el escarpado desierto, antaño océano, de las secas y escarpadas colinas de la cordillera escarpada de los grandes cortados y profundos valles, bajo el nivel del mar, uno tras otro, pico tras pico, cumbre tras cumbre. Antes de la evaporación de los polos era un inmenso mar sin islas. Hoy una abrupta región repleta de cetáceos fosilizados, un infierno de veranos asesinos. Allí había un hospital. Era un castillo.

Lo sobrevolaban varios cientos de helicópteros, sin aterrizar pero tampoco dirigiéndose a ningún sitio ni siguiendo una dirección concreta, ni moviéndose de un modo que dejara entrever una intención coherente o, al menos, constante. Los helicópteros revoloteaban alrededor del castillo-hospital como abejorros, desordenadamente, armando un estruendo enorme. Un terrible enjambre gigantesco que apenas permitía adivinar la silueta del castillo, sus altas almenas, su porte de estalagmita. A veces chocaban entre sí, lo que daba algo de color al paisaje gris de aquellas afiladas montañas. De todos modos siempre acababan quedándose sin combustible y estrellándose.

Había órdenes precisas a ese respecto. Al estrellarse debían haberlo boca abajo, de lo contrario sus pilotos serían declarados personas no leves. Para ir sustituyendo a los helicópteros siniestrados disponían de una enorme flota de reserva, varias fábricas de aeronaves y cursillos intensivos de vuelo para los innumerables voluntarios. En la República de Demencia nada era más honroso que morir intentando levitar. En un quirófano Pájaro realiza una operación ocular frente a un gran ventanal. El aspa de un helicóptero roza el cristal y lo hace trizas, y todos sus pequeños trozos entran como metralla, y el viento impulsado por las aspas hace inhabitable el quirófano. Rogelio, que lo asiste, sostiene el ojo en un tenedor. -¡Malditos imbéciles!- Pájaro se tapa la boca y se encoge sobre sí mismo, muriéndose de risa.

Otro enfermo se acercó a la gran puerta del castillo. Estaba compuesta por dos portones de madera, de cuatro metros de alto, que se abrían automáticamente gracias a una célula fotoeléctrica. Tenían la virtud de abrirse hacia fuera, de tal manera que de no estar el visitante, o paciente, ubicado en el centro, frente a la ranura que separaba a ambos portones, y a metro y medio de distancia, es decir, justo donde estaba puesta una baldosa con la inscripción “No se sitúe aquí”, las puertas lo empujarían al precipicio que había a sus espaldas. No obstante Pájaro y Rogelio tenían planes para reformar el dispositivo. Las puertas, más que empujar, catapultaban a los recién llegados dejándolos sin sentido y estrellándolos en la arriscada pared de enfrente, quedando ensartados en sus afiladas rocas. Apenas caían víctimas en el fondo del precipicio, y eso era intolerable, pues ya tenían catapultas para esos menesteres. El objetivo principal de ese mecanismo era proporcionar un agradable hilo musical de alaridos desvaneciéndose en las profundidades que completara la atmósfera creada por los helicópteros y sus periódicas colisiones.

Cuando el enfermo vio abrirse las puertas, desde la ubicación prohibida, sintió alivio por desobedecer lo ordenado. Rogelio y Pájaro, ataviados con sus batas de médico, llegaron patinando con sendos sticks de hockey. ¡No quieres intentar levitar, vil villano! A base de golpes lo empujaron al precipicio. El enfermo tenía tan sólo una muñeca rota cuando llegó allí. ¡Jaa, ja, jaa! ¡Ahora sí, ahora sí, ahora sí! ¡Todo encaja, nuestro Plan Quinquenal marcha según lo previsto! Y bailaron un vals al ritmo de sus alaridos y golpes. Ahora sus lesiones sí eran estéticamente aceptables y atendibles.

Fui agasajado por soldados de uniforme blanco. Curaron mis heridas. Me clavaron agujas, me radiografiaron. Se preocuparon por mi estado. Sufrí lipotimias. Escuché el latido de mi corazón, pero tenía cadencia de tic tic de videojuego. Mi vida era una línea plana sacudida por mis espasmos vitales. Mi vida enlatada en una pantalla de cristal líquido. Los soldados de batas blancas me miraban con ternura. Decían que dábamos miedo, que habíamos dado miedo.

Me preguntaban qué había tomado, cómo me había ocurrido. Atendían mi muñeca con pulcritud. Podía sentir a los dementes en los jardines del ambulatorio. Podía sentir sus gritos. Me enyesaban la muñeca. Estaba rota. Como todos los corazones y las miradas francas. Como todo.

Antes de salir del hospital me dieron un vaso de zumo azucarado, para calmar mis bajadas de tensión. Yo les recomendé asistir a nuestro recital por la tarde, pero parecieron no enterarse, o no escucharme, o al menos fingir no hacerlo. Una de las enfermeras comentó, con aire alarmado, que nos habían visto hacer el indio la tarde anterior. Comprendí.
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1 comentario:

abenyusuf dijo...

Hay una bella tristeza en la música de los caídos (¿menos sarcasmo, en el fondo?). Parece que late -como acompasando la vida- una vez más la tragedia de la deshumanización.

Un abrazo.