viernes, 26 de septiembre de 2008

Para Elisa



Si bien a principios de verano me quejaba de no tocar, ahora me quejo de hacerlo demasiado. El tema es quejarse. Elisa ha pasado de tener que soportar mis discursos sobre la fatalidad de la vida, el vacuo transcurso del tiempo y “la insoportable levedad” de las tardes (aparte de mis diatribas sobre el mundo en general, y particularmente afiladas cuando llega el caso de los artistas, músicos, actores, etc., finalizando siempre en una maravillosa visión de un campo de concentración donde, internados, tratar sus “males”...) a los contrarios a toda “actividad trepidante y propia de roedores y reptiles” y a una jugosa recreación en la descripción de todos los detalles del agotamiento tanto físico como moral y afectivo. Que tocar desde una improvisación desgarrada implica quemar un poco el alma. Se queda en nada. Volatilizada durante un tiempo.

Y no puedo dormir. Cierto es que Elisa está fuera unos días y que la cama se hace extraña sin su calor, su tacto, su olor... Pero hay más. No estoy acostumbrado a que me aplaudan. Me pone nervioso. Se asienta en el pecho y no me deja descansar, concentrarme.

La jam session de blues va creciendo a pasos agigantados, la sala se llena, vienen músicos mejores (al parecer, Lolo Ortega se ha interesado por nosotros). Llevamos sólo tres semanas actuando (tres jams) y es como si me fuera a ahogar: la noche que lo hago bien me pongo a temblar pensando en cómo me las arreglaré para mantener el listón en la próxima actuación. Y no repetirse, ¿cómo evitar repetirse tocando blues, improvisando miércoles tras miércoles? Toda fuente tiene un límite.

El pasado miércoles, además, me puse ENFERMO tocando. El último peta no me sentó bien y tuve un amago de bajada de tensión sobre el escenario. ¿Cómo se disimula eso? No lo sé, simplemente me dije “tío, no puedes permitirte desmayarte ahora”. El cerebro se desconecta periódicamente durante leves milésimas de segundo (las justas para que te veas en un aprieto rítmico), los dedos no responden con la celeridad necesaria, y con tantos problemas resulta fácil desconcentrarse, resulta fácil, en fin, desmayarse- pero no lo hice. Me recuperé y entonces, en pleno solo, llega el sudor y la palidez. Y ahí estas, expresando rabia rockera cuando lo que tienes dentro es un jazmín con el último pétalo a puntito de caerse. Alguien hizo una foto. Acabamos el tema. Aplausos. ¿?

Así que Elisa me ve ahora nervioso, insomne, agobiado por la actividad.

Sin embargo, todo es para ella.

Hay que estar a la altura de las circunstancias- aunque no te entienda nadie.

2 comentarios:

abenyusuf dijo...

Hay que oír los gritos de tu corazón.
Enfermo - en tu corazón de loco.
Enfermo, dices, - marchitando.
Se te va la vida en ello.

Búfalo dijo...

En el último capítulo nos estábamos muriendo, recuerdas?, pedíamos a la ciudad que nos salvara, con la boca llena y las ventanas abiertas, tiene que haber un método, decíamos, debe quedar algo por decir, gritábamos, habían canciones, vidrios rotos y colillas, habían callejones, jinetes y un susurro que no paraba, gritábamos desde el otro lado de la colina, la mejor parte del viaje, la mejor parte del viaje.

El corazón nos grita su lengua.
Enfermos de tener tanto pecho.
Enfermos, decíamos, y todo abierto.
Y la vida? - ésa dura siempre.

Brillando como un león, tiene que quedar algo por decir. Hay algo por decir. Siempre hay algo por decir. Gurús, armas y la boca abierta. Apunta, dispara y... alehop!