martes, 26 de marzo de 2013

Transiciones y dedos






No es que Silvia no le hubiera llamado la atención, no, no era eso; pero no se había parado seriamente a considerarla como algo más que unos pixels. Las cosas habían cambiado, sin embargo, desde entonces, cuando surgieron estas charlas a través de los comentarios de las publicaciones. Por aquella época cierto día, tras una mañana especialmente intensa de comentarios cruzados en los que él intentaba siempre alcanzar ese equilibrio en las relaciones donde no se entra en el juego, pero tampoco se cae en la impertinencia de mencionarlo, se la cruzó fugazmente por una acera casi llegando a su casa. Pasó ante él como un rayo, esbelta y sonriente; sus ojos se interfirieron mutuamente lo justo para no recordarlo, y él sonrió como respuesta, pero lo mínimo para poder dudar de su propio gesto, y apartó la mirada como si no hubiera pasado nada. Aquello, sucedido sólo unos meses atrás, resultaba ahora casi irreal, perteneciente a una especie de mal sueño.

Porque ahora las cosas habían cambiado, todo estaba patas arriba y la vida precisaba rehacerse; estaba conectado y ella estaba ahí, y punto, y podía actuar sin miramientos hacia nadie. Desde que los dedos eran sus dedos y de nadie más, se comportaban como pinceles empapados en un viscoso oleo que fluía con abundancia en cada uno de los trazos: eran generosamente libres y caprichosos. El Siglo XXI es el siglo de los dedos, de las yemas sensitivas y sensibles, del tacto: tener los dedos inspirados hace que teclear sea una divagación percutiva, tocar trazar horizontes azules con temperaturas variables, pintar adquirir un nuevo dedo más sutil y sensible, y amar, nada menos que regalar el nexo de todo esto en una sola caricia; pero tener los dedos inspirados también es dirigir, alterar, interaccionar, existir, desde la casi imperceptible elocuencia de un clic de yema de dedo índice...

¿Pero, qué hay de la fisonomía del dolor? las pestañas se habían afilado, alargado y curvado, la tensión fría de las ojeras retornaba refrescante la luz blanca del frío, el pelo se rizaba con la lluvia y caía sobre los hombros con la distracción de una prenda distinguida y, sobre todo, portaba en sus ojos una nada de cinismo de tan impecable estilo que le hacía caminar como un equilibrista, ser franco como si el mundo fuera su deudor y volver a sentir el abrazo del viento como una corriente interna, cuando las tormentas liberaban de personas las calles. Y es que precisamente la fisonomía del dolor es la ironía con que te castiga tu propia imagen para que no puedas dibujarte una tragedia perfecta. Es la falsedad, en toda su manifestación, porque envuelve un interior que es turbio y doloroso, que se tiene que resignar desde sus altivas aspiraciones a ser una mera tragicomedia. Y es que en el momento en que tu mirada parece ocultar un secreto es cuando actúa como un imán para la curiosidad humada, porque es una mirada que atraviesa los cuerpos y se hace inmune a las palabras, cuando en realidad sólo refleja estar enfermo de no encontrar un secreto válido, enfermo de no ver nada por ningún sitio, en general...

Así que se la encontró conectada y se pusieron a hablar por un privado. Al final se lo contó todo. Horas y horas de soledad compartida frente a las pantallas eran de agradecer en aquellos primeros días instalado provisionalmente en casa de su hermano, cuando todo era dolor, y dormir, la escapada de la que regresar llorando. La pudo conocer un poco más. Al principio se le antojaba como una especie de criatura a quien también habían hecho honores de maraca con su serenidad, la imagen de si misma y, por supuesto, su corazón. Y los corazones de porcelana ya se sabe lo que les pasa cuando llega la hora de la samba. Se deconstruyen, pero sin éxito artístico alguno. Lejos de desanimarle este descubrimiento, dispuesto como estaba a seguir el capricho de sus dedos, siguió la dirección que le indicaba ese trazo azul turquesa. Hay que ser demasiado majadero para no apreciar la locura en medio de un mundo de bizcochos con ametralladoras, y alguien tan arrasado como él tendría exactamente la misma falta de fe en cuento romántico alguno, cosa a agradecer en esas circunstancias. Trazando y que salpique y que chorree.

Pasaban los días bajo esa extraña rutina de derrumbe. Él se despertaba y se mensajeaba con ella. Iba al taller y se mensajeaba con ella. Se dormía con ella contenida en el teléfono junto a la almohada. Y aunque se despertara con ideas optimistas sobre el futuro por descubrir que se le presentaba, descubría cada mañana, mientras miraba la luz blanca de aquellos días nubosos desde la cama, que los ojos le lloraban por su cuenta, sin cambios en la respiración, sin ideas tristes, sin hipos, convulsiones ni mucosidades, con una extraña indiferencia, pasmados ante un frío tan solitario, cuya extraña belleza de invierno era vivida en una abrumante singularidad que a nadie importaba. Se despertaba, le daba los buenos días y un emoticono a Silvia y le contaba cómo iba la cosa, tomaba café y volvía al taller, a seguir pintando, completamente solo, con las luces del móvil como único recuerdo de que hay un mundo con personas fuera entre las que hay una a quien interesan tus dígitos de dolor. Trazando y que salpique y que chorree. Y evitar que se te salten las lágrimas al caminar, conducir o ir en bici.

Se acabó la navidad y volvió al trabajo rutinario de cada mañana, el que le daba de comer, metido en su coche. Sólo al conducir se sentía algo mejor, fantaseaba con largarse en un viaje infinito de improvisación permanente: tal vez se tratara de eso, pero esas mañanas heladas en las que la soledad se manifestaba de manera aún más elocuente quedaron para él para siempre. Al cabo de unas semanas el tema sexual acabó surgiendo entre ellos dos, en parte por la necesidad que él tenía de sentir algo cálido, bueno y bienintencionado, y en parte porque el tiempo de abstinencia empezaba a enviar mensajes de alarma, como si el cuerpo no entendiera de circunstancias: la madre naturaleza dictaba de todas maneras su único imperativo, vivir. Ni él ni Silvia estaban dispuestos en absoluto a embarcarse en una nueva aventura de frustraciones y episodios ya vistos; era más bien el placer de compartir canutos con música, sexo y confidencias exclusivas, manteniendo en blanco la página del futuro, para seguir siendo uno mismo, ante todo. Ella también pintaba, tocaba instrumentos, y le gustaba follar, mucho y largamente- en ese sentido, era perfecta. En general tantas horas de conversación le habían servido para hacerse un cuadro bastante completo de ella.

Mientras tanto, otras chicas fueron apareciendo en forma de pixels y caracteres. Prometían mucho, pero al final siempre aparecía la factura a la hora de la verdad. Te lanzan anzuelos para que piques y entres en su juego, un juego siempre de cortejo, de demostraciones, de sacrificios: ante todo, no ser meramente un polvo. Y lo que él necesitaba era meramente eso, y todo lo que fuera más, sobraba. Exigían mucha comprensión exhibiendo una total indiferencia frente a sus circunstancias, su estado anímico y emocional: todas venían con su desgracia preparada como historia para preparar el terreno de una alcoba cómoda, y algunas incluso intentaban conseguir garantías de romance como condición para un primer encuentro, por lo que dichos encuentros simplemente no sucedían. No, el tiempo de comprender generosa y gratuitamente había pasado. La ironía de la fisonomía del dolor: que te valoren más de la cuenta cuando sólo quieres ser un cero para los corazones que restan, y que sin embargo estas mismas personas te ignoren en lo meramente humano a pesar de tus grandes activos, al verte sólo como una pieza de su rompecabezas sin sentido. Todos los corazones restan algo a la suma de tu alma, pero él no pensaba hacerlo con el de nadie. No estaba dispuesto a restar nada a ningún corazón ni a regalar ninguna migaja del suyo.

Silvia le dio su dirección una tarde y él se duchó y se dirigió a su casa. Al llegar se encontró la puerta de su piso entornada y entró. Vio un letrero de papel con una flecha que señalaba a la derecha y la siguió. Al final del pasillo había una puerta abierta con luz al fondo, así que se dirigió hacia ella. Al entrar ahí estaba Silvia, reclinada en el sofá, desnuda pero con una boina roja en la cabeza. Era la primera vez que la podía mirar bien en persona: no era sólo unos pixeles, era carne, sangre, aliento y calor. Ella, ante su sorprendido estupor de deseo, le hizo un gesto con el dedo- silencio, calla, no digas una puta palabra, y ven...

Silvia resultó ser una verdadera artista, con sutilezas de una precisión de relojería. Fue como un viaje de duración confusa que acabó con los dos en el suelo en la otra punta de la habitación. Sólo entonces se acordaron de que tenían voz y podía escucharse.

- Eres la primera tía que me tiro sin haber intercambiado una sola palabra articulada con ella- le dijo, a modo de presentación.
- Has tenido suerte conmigo, colega, por mi te puedes follar a quien te de la gana; es más, te animo a hacerlo. Tírate a toda la alameda si quieres, yo estaré siempre aquí, ¿por qué pasaste de esas pavas?
- Para eso prefiero no follar.
- Bueno- dijo Silvia- aquí no se llora, pero sí se fuma- y se puso a liarse un enorme porro de celebración.

Tras todo un fin de semana con ella regresó finalmente a casa de su hermano. Ahí se puso de manifiesto el siguiente paso necesario: ya llevaba un mes allí y de repente necesitaba de nuevo su independencia, así que empezó a buscar una habitación por el centro de la ciudad. La reyerta con Silvia le había sentado de maravilla, podía mirar al futuro con un optimismo más creíble y todo ello se había proyectado en ese ansia de libertad, que no era otra cosa que las ganas vivir que regresaban poco a poco. El cuerpo pide, pero cuando le das, te lo agradece con una química cerebral estable.

La vida seguía empeñada en regalarle más ironías, sin embargo. Varias exposiciones que organizó en dos bares salieron bastante bien y ganó algo más de pasta; el mundo se derrumbaba mientras tanto con la ascensión de la corrupción financiera internacional, no paraba de llover y él sólo se limitaba a contener lágrimas, dolores y gritos, entre encuentros sexuales más o menos casuales. El bar en que solía exponer lo llevaba una chica, Dolores. Se trataba de una chica muy afectiva, muy abierta y risueña, pero con un cierto brillo de dolor en los ojos de origen incierto. Dolores lo adoraba como artista y siempre se preocupaba de que su persona estuviera a gusto y satisfecha en su bar. Era un verdadero encanto: solían bajar la reja a última hora y liarse con las botellas, las rallas, la música y bailar subidos en la barra o en cualquier sitio, como una verdadera compañera, pero aquel día el bar estaba lleno y ella andaba ocupada prodigando amor y calor a todos y cada uno de los clientes. Él andaba pendiente de un imbécil que acercaba su cubata a medio derramar cada dos por tres a uno de sus cuadros favoritos, peligrosamente, cuando una buena amiga que también había venido a la exposición le presentó a una malagueña muy mona, con un culo bien puesto y unas piernas largas y esbeltas. Sin embargo, él llevaba varios días sumergido de nuevo en su propia mirada infinita de escasos metros de alcance, así que se limitó a charlar con ella más pendiente del cuadro que de otra cosa, intentando ser educado, con mucha corrección- lo peor que se puede hacer en estos casos en que no quieres llamar la atención de nadie. Sí, estaba muy buena, parecía buena chica, era simpática y agradable y a él le apetecía un revolcón esa noche, pero cierta mirada de carnerito degollado le anticipaba posibles complicaciones posteriores. Llegado un cierto punto, ellas se marcharon y quedaron en encontrarse más tarde en otra zona de bares, aunque él no tenía claro del todo si acudiría o no.

Efectivamente, había llegado a casa de su hermano y estaba acostándose cuando le escribieron las chicas de nuevo. Que dónde estaba. Que la de Málaga preguntaba por él. Y él, que era consciente de su aletargamiento, de sus reticencias a relacionarse con nadie en persona, ante tanta insistencia, decidió hacer el esfuerzo y acudir. Una chica guapa, simpática y atractiva le estaba esperando. Debía al menos ir. Tenía que encontrar algún tipo de satisfacción, algún argumento para recuperar la autoestima, un poco de deseo, un poco de calor e incluso algunas risas terapéuticas. Llevaba una nube negra como turbante en la cabeza, había que quitársela como fuera. Así que se volvió a vestir y se fue de nuevo a la calle, por demostrarse a si mismo que aún tenía vida dentro, que aún era capaz de ser lo suficientemente malo como para encender una llama.

Al llegar al garito estaban todas allí, ella lo vio desde lejos y lo recibió.

-Vaya, has venido.
- Sí, al menos lograré acostarme tarde este viernes.

Ahí estaban, metidos en plena conversación de seducción, cuando apareció Silvia, de puta casualidad, por el mismo garito. Llegó, saludó, intercambiaron dos besos y un abrazo, pero fue más que suficiente: todas sabían ya que habían follado y bien, y Silvia supo enseguida que él estaba intentando llevarse al huerto a esa morena tan alta y guapa, así que se largó de nuevo con sus amigos.

De ahí en adelante, el resto de la conversación fue un patético intento por recuperar la magia inicial, pero la mirada de ella seguía reflejando ese algo más que tan molesto resultaba para sus planes de mero depredador de emociones balsámicas recetadas para el dolor intenso. Ella buscaba los silencios y las miradas, y una vez conseguidos, esperaba el beso redentor. Y él estaba cada vez más apagado ante tantas buenas palabras sobre su persona. Que si era un encanto. Que qué bien pintaba. Que qué interesante era. Que si esperaría a que estuviera mejor. Que se fuera a verla a Málaga cuando quisiera, etc., etc. Todo estupendo para una persona normal, y horrendo para un monstruo como él. Al final pasó de ella y se fue solo a casa, con ganas en realidad de volver a tirarse a Silvia, esa persona generosa que tan bien se lo hacía todo y ante quien no tenía que fingir en nada.

Sin embargo, Silvia desapareció tras ese encuentro. En los días sucesivos dejó de dar señales de vida en las redes sociales, no respondía a los mensajes de texto del móvil, y no aceptaba llamadas. Y se largó de Sevilla a un lugar incierto. Una verdadera putada, su extraña amistad había sido un gran apoyo en los momentos más duros y ahora se le hacía cuesta arriba tirar de nuevo solo ante la enorme pendiente del futuro. Era como un mini-eco de la primera ruptura. Pero también era el momento de seguir enfrentándose a los hechos, así que encontró por fin una habitación y se concentró en preparar el traslado definitivo a la nueva vivienda. Estaba tan entretenido chapoteando en su propia mierda que ni se acordó de preguntarse por el motivo de su marcha.

Mientras tanto había conocido a otra chica, Amalia, una estudiante muy joven que seguía su obra pictórica desde la web, y un sábado logró convencerlo para que saliera de su casa a tomar algo por ahí de madrugada con ella. Así que de nuevo tuvo que quitarse el pijama y volverse a vestir para enfrentarse a la noche. No podía entender cómo se sentía un desgraciado cuando las tías lo sacaban de la cama para que se fuera con ellas: el tocamiento cojonal proporcionado por la tragicomedia de las ironías y las contradicciones consistía en eso. De nuevo se encontró en la calle para demostrarse un no-sé-qué de paparruchas vitales. Y era una situación más análoga con su trasfondo emotivo de lo que parecía, porque de hecho su principal problema era que su corazón se había visto de golpe en la puta calle, de una manera tan repentina que se había quedado en pijama en medio de una acera bulliciosa, rodeado del glamour y soplapolleo de los corazones de plástico de un sábado noche, sin escapatoria posible.

Llegó al bar y se pidió un café. Ella llegó enseguida y fue una sorpresa grata desde el primer instante: guapa, culta, interesante, elegante. Pero su mejor virtud era su energía, tan positiva, optimista, alegre, decidida y sana que tuvo que reconocerse a si mismo que había hecho bien en salir. Los ojos de Amalia estaban realmente vivos y reflejaban una intensa llama benévola. Sin embargo, esa admiración que ella, desde la completa honestidad que era el principio de todos sus actos, le mostraba sin tapujos le preocupaba. A ella no. No debía hacerle el más mínimo daño, sino cuidar precisamente de que un alma como esa, sana y sin contaminar, no fuera vapuleada por los becerros abundantes en cualquier recorrido vital. Al cabo de un rato consideró que ya había actuado como homínido social lo suficiente, añoraba su cama y el calor de su pena solitaria y se decidió a marcharse. Ella no quería, pero no opuso objeción alguna. Estaba encantada de que se hubieran conocido, y él también. Llegó a casa y pudo dormir por fin.

Al día siguiente, tras otra mañana de lagrimeo mecánico, recibió una llamada sorpresa. Se trataba de Marta, una vieja amiga de hacía muchos años con quien mantuvo un pequeño romance.

- ¿Qué tal estás? ¿qué es de tu vida?
- Vamos tirando, que ya es mucho.
- ¿Tienes pareja ahora? Perdona la impertinencia, pero ahora te cuento.
- No, no, no tengo nada, estoy solo.
- No sé, es difícil empezar...
- Suelta sin miedo.
- Pues verás, yo también estoy sola, pero quiero tener un hijo.
- Ya...
- … y bueno, el caso es que me gustan tus genes. Me da mucha vergüenza todo esto...
- Entiendo....
- Mira, podría recurrir a un banco de esperma, pero todo el proceso es caro y complicado y eso de no saber de antemano cómo es el padre... Me gustan tus genes, tío, habría que hacerlo a lo natural, eso es gratis y al fin y al cabo, nos lo pasamos muy bien en su momento, ¿no?
- Uffff... es que me dejas un poco helado...
- Lo tendría yo sola, no te pediría ninguna responsabilidad ni nada, es decisión mía. Al revés, te lo agradecería toda la vida, de verdad.
- Déjame pensarlo.
- Ok, ¡qué vergüenza me da todo esto!
- Venga ya, me alegra que te hayas acordado de mi, no te avergüences de nada, Marta.

En fin, pensó, la vida es un absurdo total. ¿Sus genes? ¿propagarlos? A ratos sonaba como una bendición, a ratos como una epidemia mortal. En realidad no quería hacerlo, aunque por otro lado, dado el carrerón que llevaba con las mujeres, debía de tomarse más en serio estas propuestas si realmente deseaba dejar a otro desgraciado con sus genes y sus daños colaterales dando saltitos por el mundo. Demasiadas complicaciones. Seguramente.

Se mudó a su nueva habitación. El cambio le sentó muy bien, compartía piso con una cantante y un actor, y el ambiente era más acorde con lo que él buscaba. Se podía dar por satisfecho: había tenido mucha suerte de dar con ellos y de que la convivencia fuera tan buena. Poco a poco recuperaba el control sobre su vida.

Así que siguió conociendo gente. Ahora llegó Julia. Julia era un contacto que tenía desde hacía años por motivos desconocidos, pero estaba ahí. Salía siempre vestida de cuero, con generosos escotes, mostrando su figura imponente en sus fotografías. Nunca la había contemplado como una posibilidad, pero estaba en pijama en medio de la quinta avenida cegado por los neones de la majadería y, llegados a un punto y con el alma vestida así, las cosas empezaban a dar realmente igual. El caso es que le entró y ella respondió enseguida y muy bien, para su sorpresa. Este tipo de tías es de las que tienen a cuarenta salidos dándoles calor las 24 horas del día, por eso fue agradable que respondiera tan bien.

Sin embargo, ella no se separaba del teclado ni del móvil en todo el día. Le escribía a todas horas. Él no podía liarse un porro sin tener que responder cuatro veces a los mensajes que le llegaban al móvil. No podía comer sin sentirlo vibrar seis veces. No podía prácticamente hacer nada que no fuera estar con los ojos pendientes de una puta pantalla en miniatura desde la mañana hasta la noche. Al cabo de un tiempo, ella se empezó a quejar de su falta de atención, de su falta de conexión, de su falta de sentimientos. Él respondía a todo con la misma solución: funcionar en modo analógico, verse las caras. Y ella le respondía que ni hablar, que con ese pasotismo que mostraba no quedaba con él ni de coña. A él ya le sonaba un poco esta historia de paranoias ocurridas unas semanas atrás, pero esta insistencia era singular. Y cuando cierto día ella “cortó” con él porque la abandonó para dormir a las doce de la mañana, la mandó al carajo.

A cabo de unos días, ella le volvió a escribir y le pidió disculpas. Él se las aceptó, y ello significó otra dura jornada de mensajes que acabó con otra bronca de recriminaciones y otra “ruptura” a la noche. Así transcurrieron varios días, repitiéndose la misma rutina: reconciliación matutina y ruptura nocturna. En fin, no-novias cibernéticas que se comportan como tal entre propuestas de reproducción y amores imposibles. Era todo tan irónico que sonaba a broma. Aquel viernes lo llamó de nuevo Amalia y fue como una salvación.

Quedaron en un bar que tenía una sala superior donde se podía hacer lo que apeteciera, con sofás y mesas centrales. Amalia era toda una artista multidisciplinar, desde arte dramático, escenografía, dibujo, pintura, literatura, cine o música. Realmente daba gusto charlar con ella y todo ello unido a su espíritu, hacía que un encuentro resultara algo relajante y sedante, en un contexto donde el resto de las relaciones generalmente lo dejaban agotado, vacío y deprimido. Estaba él completamente metido en la conversación, contándole algo, cuando por sorpresa ella se lanzó a su boca y comenzó a besarle. Él se quedó tan sorprendido que al principio no reaccionó. Pero ese calor le resultó agradable en medio de tanto frío y la conversación desapareció para quedar resumida en algunas risas en medio del jaleo. Pasaron las horas y regresaron a la calle. Cada uno para su casa. Le preocupaba haber cruzado la línea de la seguridad, pero por otro lado estaba bien, había sido auténtico, bonito, sedante.

A la mañana siguiente, mientras se secaba las lágrimas de los cojones, recibió el obligado mensaje de disculpas de Julia. Empezaba a sentir los primeros síntomas del agotamiento y, a la vez, comenzaba a reconocerlos como síntomas de su mal, un mal verdadero y no una simple suposición discutible. Poco a poco, la fogosidad que le invadió con Silvia empezó a antojarsele como un estado de locura transitoria. Se hacía urgente empezar a cuidarse de tanto ataque y tira y afloja sentimental. Así, la recuperación no avanzaba. Empezaba a tomar conciencia de que, lejos de estar bien, en un arcoiris de libertad chorreante, se estaba derrumbando por todos lados sin que la vida le diera cuartel alguno. Se lo dijo así a Julia: estoy reventado, tía, no puedo más. De repente, estar completamente solo era la solución a corto plazo. Estar solo y que le dejaran en paz. Y, por supuesto, eso no le importó a nadie.

Así que, para resolver de una vez el asunto, quedó con Julia para destapar el misterio. Estaba en el bar de Dolores cuando recibió el mensaje. “Estoy fuera, sal”.

Al salir se encontró con esa cara familiar, esos ojos que antes eran pixels, completamente aterrados.

- Hola- le dijo extendiéndole la mano.
- ¡No me toques!- le dijo ella- no me puedo mover.

La miró con incomprensión.

- ¿Nos vamos a quedar en esta acera así, toda la noche?
- Espera. Necesito azúcar.
- Venga, por favor, entra en el bar, se está bien adentro.

Con los ojos abiertos como platos e irradiando terror, se animó a entrar.

- ¿Qué vas a tomar?- le dijo Dolores, siempre tan amable y encantadora.
- Azúcar, necesito azúcar- le dijo Julia.

No tenían sobres, así que le preparó una tapita de azúcar con su cucharita y todo.

- ¿Está bueno?- preguntó.
- No- contestó Julia- no me gusta el azúcar.

Dolores, tras esta confesión, se retiró al fondo de la barra y siguió charlando con la gente que estaba allí. Julia comía azúcar y él la observaba. Tenía unos ojos verdes preciosos, una figura espléndida. Sobre todo miraba su cara. Era la misma, pero a la vez, no lo era.

- No me mires- le dijo ella.

Al cabo de un rato él estaba loco por irse, era demasiado tenso estar junto a una desconocida que quiere conocerte tras haber empezado y roto contigo unas quince veces previamente, tras ahogarte a mensajes de texto, que necesita azúcar para no desmayarse ante la tensión de verte y que te mira como si fueras la encarnación del diablo.

Él, por otro lado, echaba de menos esos tiempos en que sólo se dedicaba a su dolor y hablaba con Silvia. ¿Qué habría sido de ella? Le había escrito varias veces sin respuesta. Era la única persona en quien confiaba en medio de toda esta vorágine que se le había armado a su alrededor por culpa de su propia desidia y desorden.

Julia le propuso entonces que le enseñara su taller, que quería ver los cuadros, fotografiarlos. Estuvieron allí un rato, viendo las obras y ella tomando fotos. Acabaron en su casa, dormidos mientras se reían de toda la escena del bar, del azúcar, de todo. Parecía que tal vez pudieran llevarse bien y todo. Sobre todo desde que él pasaba del sexo. Estaba harto de todo. A la mañana siguiente él se marchó a trabajar y cuando regresó ella ya no estaba. Bien, se dijo, soledad por fin.

Por supuesto, esa misma noche ella se volvió a enfadar y dejaron de ser amigos. Él ya no sabía cómo explicarle que no había nada en el mundo que le encendiera una sola célula. Que ella andaba tras una mera sombra de lo que fue una persona. Que la furia inicial sólo fue ficticia. Que no sabía qué iba a ser de si mismo. Fue duro y cruel con ella. Y se dejó ir por unas semanas pasando de todo y de todos.

Y es la ironía de la maldita vida que siempre te la juega en el peor momento. Julia envió sus fotos a Alemania a una galería importantísima de Berlín donde tenía mano, de verdad. Y se interesaron en organizarle una exposición, instalarlo allí, promocionarlo. Se lo envió todo por mail. La llamó enseguida.

- ¿Cómo ha surgido todo esto?
- Lo he hecho porque creo en ti, pero todo el mérito es tuyo. Les has gustado. Y no sabes lo importante que es eso. Son tus pinceladas, es tu trabajo. Te felicito.
- Pero sin ti nada de esto habría sucedido
- Mira, no quiero tener trato contigo, me quema, me duele, me hace daño. Ellos quieren que vuelva y te represente, pero te pasaré a un buen compañero.
- Pero yo, en realidad, preferiría que lo hicieras tú.
- Olvídalo. En lo personal eres un desastre, me sacas de quicio, me enervas como poca gente logra hacerlo, pero como pintor eres genial y te lo mereces. Pinta, aprovecha esta oportunidad.

Berlín, la ciudad donde siempre había querido vivir, la oportunidad definitiva para dedicarse sólo a pintar en el lugar donde más libre se había sentido nunca, lejos de toda esta muerte, esta ciudad decadente, estas personas desgastadas, estos lugares tan transitados por demasiadas historias y demasiado dolor.

Más vacío que nunca, esta vez sin pararse a perder el tiempo intentando comprender nada, se dio cuenta de que la transición que sufría era el paso a la plena libertad, y que el poder de hacerlo siempre había estado en el ligero pálpito que residía en cada una de las yemas de sus dedos...

- Recuerda, Kique- le decía siempre Julia- no todo el mundo es malo y a veces suceden cosas buenas...


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2 comentarios:

Luinux dijo...

Siempre es posible que a Marta se le acaben cruzando los cables y termine utilizando el tema para cazar y atrapar un marido, o al menos para sacarse un sueldecito mensual. Todo depende de la estabilidad emocional que tenga...

Quique Rivas dijo...

juaaajajajajajajajaajaajajaaajaaaa